sábado, 13 de marzo de 2010

Mentir puede costar caro

Acababa de entrar en vigor la prohibición de hablar por el móvil mientras se conducía. Yo, adicta a interminables charlas telefónicas, recibí la noticia con bastante indiferencia, y pensé: “Bueno… total, a mí no me van a pillar… Si veo a un policía, solo es cuestión de disimular y ya está” .
Con un ligero aire de suficiencia veía como, poco a poco, buena parte de mis amigos y compañeros de trabajo iban cayendo como moscas, multa tras multa, mientras yo me mantenía ajena a tal masacre económica y salía airosa de cualquier situación comprometida.
Me autoproclamé “Reina del Disimulo”.

Durante un largo tiempo seguí atendiendo al móvil mientras conducía, sin ningún tipo de problema y con bastante irresponsabilidad por mi parte, máxime teniendo en cuenta que casi siempre viajaba con mi hijo, que entonces tenía ocho años, sentado en el asiento trasero.
Cuando en la distancia divisaba a un policía, me limitaba a avisar al interlocutor de turno, dejaba el móvil en el asiento de al lado y, una vez superado el obstáculo, retomaba alegremente la conversación.
Sí, reconozco que era imprudente por mi parte pero yo me creía muy capacitada para hacer dos cosas a la vez y, sobre todo, para esquivar cualquier dificultad en mi camino que llevara el uniforme de policía de Tráfico.
Eso creía, hasta ese día.

Acababa de parar ante un semáforo en rojo, cuando sonó el móvil.
“Bueno… el coche está parado… De hecho, ahora no estoy infringiendo ninguna norma” me dije. Y tras este rápido razonamiento, por supuesto, respondí.
Con solo oír la voz de quien me llamaba, supe que la conversación iría para largo.
El semáforo cambió a verde y, evidentemente, yo seguía enfrascada en una charla que, además, estaba resultando de lo más divertida.
Tan absorta estaba en ella, entre risas y más risas, que en absoluto me percaté de la presencia del agente de policía que, al parecer, llevaba ya un buen rato haciéndome todo tipo de señas para que me detuviera. Lo vi cuando, finalmente, atravesó su moto frente a mi coche para obligarme a parar.

Con cara de pocos amigos, yo diría más bien que de ninguno, se apeó de la moto y, a grandes zancadas, se dirigió hacia mí. Era evidente que no venía dispuesto, precisamente, a charlar conmigo del tiempo.
“¿Qué has hecho, mamá?”, preguntaba una vocecita desde el asiento de atrás.
Como un rayo, lancé el móvil al asiento de al lado. Mi interlocutor, inmerso en un largo monólogo, seguía hablando sin saber que yo ya no le escuchaba.
Bajé el cristal de la ventanilla y el policía metió, literalmente, su cabeza en el interior del coche. Tras un “Buenas tardes” rápido e ininteligible, me lanzaba la pregunta del millón: “Señora (y el tono de ese “Señora” ya me sonó a sentencia), no sabe Ud. que está terminantemente prohibido utilizar el móvil mientras conduce?”

Aún a pesar de tan negro panorama, recurrí a la mejor de mis sonrisas y a la más inocente de mis caras para contestarle: “¿Móvil?… ¿qué móvil? Si yo no hablaba con nadie…”
Desde el asiento de al lado, y desbaratando mi estrategia, una voz aullaba desde el teléfono: Núriaaaaaaaa… Núriaaaaaaaa… ¿estás ahí???? Contestaaaaa…. ¿te ha pasado algo???? Núriaaaaaaaa….
En mi cara de total inocencia se heló la mejor de mis sonrisas.
El agente, con la prueba del delito servida en bandeja, se limitó a señalar el móvil, que seguía vociferando. “Ese. La vengo siguiendo desde el semáforo y lo he visto perfectamente”.
Seguí manteniendo mi cara de angelical inocencia mientras, en un segundo intento, recurría a la consabida frase de: “Bueno… deje que le explique… Verá, estaba a punto de colgar y…”
Y me callé. Estaba claro que mis explicaciones no lo interesaban lo más mínimo porque ya había terminado de rellenar la multa.
Me la colocó delante de las narices.

“¿Estooooooo????” exclamé, ahora con cara de susto, cuando vi el importe de la sanción.
“Esto”, respondió seca y escuetamente. Por usar el móvil y por mentir a la policía. Y ahora circule, por favor”.
Mi cara volvió a sufrir otra transformación, esta vez para pasar a la de boba. Tanto, como el importe de la multa que no dejaba de mirar fijamente.
Todavía en estado de shock, corté la comunicación del móvil sin decir una palabra a mi interlocutor que, a esas alturas, supuse había estado al corriente de la conversación y mantenía el más absoluto de los silencios.

Me apresuré en abandonar rápidamente el arcén en donde estaba parada, no fuera caso de que regresara de nuevo el agente y me sancionara por segunda vez, ésta por estar mal estacionada.
Nuevamente la vocecita de mi hijo, que había permanecido en respetuoso silencio ante la autoridad, me interrogaba desde el asiento trasero: “¿Te han puesto una multa, verdad?”
“Pues sí”, le contesté.
“Y porqué?”, seguía con el interrogatorio. Era evidente que quería llegar al fondo de la cuestión.
Y entonces pensé que, como de todo lo malo se puede sacar algo bueno, y aunque yo no había sido el mejor ejemplo, era una buena ocasión para recordarle a mi hijo lo que no se debe hacer.
“Pues por hablar por el móvil, que está prohibido, y por mentir. Algo que tú nunca debes hacer porque las mentiras, tarde o temprano, se descubren. Y a veces mentir te puede costar muy caro”.
Y ya para mí pensé: “¡Y vaya si cuesta caro!”
El móvil volvía a sonar insistentemente. Sin apartar la vista del volante, lo apagué.

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lunes, 8 de marzo de 2010

La poesía eres tú

Jamás podré escribirte poesías
que hablen de este amor apasionado.
No hay rimas ni brotan las palabras
sin ti, mi inspiración, aquí a mi lado.

Detrás de ti se escaparon las musas
desahuciándome de su fértil morada.
Se fueron tras la estela de tus ojos
dejándome en medio de la nada.

Y ahora solamente sé rimar
“amor” con “dolor” y no consigo
apenas escribir un triste verso
porque el verso, mi amor, se fue contigo.

Con lágrimas te lloré hasta secarme,
ahora he de llorarte con palabras
que me ahogan y no encuentran salida…
Háblame, para que el dique se abra.

Devuélveme, al menos, el derecho
a escribir tu olvido y mi melancolía.
Mírame, aunque solo sea un instante,
para poder llorarte con mi poesía.

Que sin ti no hay verso que me nazca,
ni de amor ni de triste despedida.
Estéril de palabras, me consumo…
Para morir, devuélveme la vida.
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jueves, 4 de marzo de 2010

Llega la primavera...

De nuevo siento palpitar
la hierba bajo mis dedos.
Paciente, tras larga espera,
se viste de verde y me anuncia
que llega la primavera…

Me acaricia una brisa,
conocida y siempre nueva,
de perfumes, mensajera,
Bajito, susurra a mi oído
que llega la primavera…

De su escondite de nubes
perezoso el sol se asoma.
Sale de su madriguera,
me besa la piel y presiento
que llega la primavera…

Alfombra roja en los campos
para el gran día de gala.
Vuela un ave pregonera
cantando a los cuatro vientos
que llega la primavera…

Cuando mi alma reverdece
y el corazón, exaltado,
me empuja a nuevas quimeras,
aplaudo al cielo pues sé
que llega la primavera…
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sábado, 27 de febrero de 2010

Si se fijara en mí...

Se paraliza su mano,
tiembla la pluma en sus dedos
cuando intenta plasmar
en el papel sus deseos.

Día tras día intenta
que el miedo no le traicione,
que la vergüenza no ahogue
ese raudal de emociones.

Se enfurece cuando piensa
que solo en sueños se atreve
a mirarse en sus ojos
y a decirle que la quiere.

Desde su amor escondido
la observa, cual bailarina,
moverse liviana y sutil
entre mesas de oficina.

“Si se fijara en mí…
pero soy tan poca cosa.
Alguien corriente y normal
y ella es tan hermosa…”

Prisionero es de las horas
que la separan de ella,
desde el viernes hasta el lunes
no hay en su cielo una estrella.

En su eterna indecisión
el tormento dura meses
hasta que un lunes cualquiera
la que ama, no aparece.

Le dicen que se largó
con un tipo impresionante
y el mundo bajo sus pies
de repente se le abre.

“Ni llegó a fijarse en mí…
claro, soy tan poca cosa.
Alguien corriente y normal
y ella era tan hermosa…”

Pasa el tiempo que, muy sabio,
cura un poco su herida.
El fracaso duele menos
pero el corazón no olvida.

Y en una de esas jugadas
magistrales del destino,
al salir de la oficina
se la encuentra en su camino.

Ni rastro de lo que era…
¿Dónde quedó su belleza,
esa alegría en sus ojos,
sus andares de princesa?

La mira por primera vez
sin vergüenza y sin temor
y en un instante le invade,
de nuevo, el antiguo amor.

Reflejándose en sus ojos
enmudecen las palabras.
Pasa un minuto…¿o son horas?
hasta que ella le habla.

“Me conquistó cual trofeo…
aún no sé porque lo hizo.
Luego se olvidó de mí,
tan breve fue el hechizo…

Si supieras cuantas veces
suplicaba tu mirada
Solo en sueños me atrevía
a mirarte a la cara…

Si se fijara en mí…
se cree tan poca cosa.
Para mí es tan especial
y él tan solo me ve hermosa…”
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martes, 23 de febrero de 2010

Mi estrella (al hijo que no nació)

Estabas hecho de pedacitos de sueños compartidos con la luna y cosidos con hilo de esperanza. Estabas hecho de cachitos de presagios y certidumbres que até con una enorme cinta de cariño. Estabas hecho de deseos ocultos y callados, de secretos jamás compartidos por miedo a romper el hechizo. Estabas hecho de ilusiones guardadas en un frasquito escondido en el diván de mi corazón.

Estabas entre esos millones de estrellas que colgaban del cielo y cada noche, como una minúscula lamparita, te encendías iluminando mis impacientes horas de espera.
Como si te acercaras con diminutos pasos, sentía tu destello cada vez más cercano, y yo, intuyéndote ya en mí, te alimentaba en secreto con toda esa ternura desconocida que me invadía y te arropaba con el manto de un amor nuevo que me desbordaba.
Si cerraba los ojos, sabía que brillabas solo para mí.

Vivías ya en mi mente y cuando, al fin, te cobijé en mi vientre, tuve la certeza de que le había robado al cielo una estrella porque el cielo toqué con las manos.
Se obró el milagro de la vida y te la entregué con los brazos y el alma abiertos y tú, sin saberlo, llenaste de magia la mía. Por un tiempo, tu corazón y el mío latieron al unísono y en mis sueños, dibujé tu cara, pronuncié tu nombre y aspiré el olor de tu piel.
Aún siendo poco más que nada ya lo eras todo para mí.

Pero todo el amor que para ti guardaba no fue suficiente para poder retenerte conmigo. Se quebró la magia, se apagó tu luz y tú, mi estrella bajada del cielo, dejaste de brillar para siempre.
El frasquito de mi corazón se rompió en mil pedazos, la pena me anegó el alma y lloré todos los besos que ya nunca te podría dar con lágrimas amargas que sabían a esperanza rota y a sueño perdido para siempre. Mis manos, aún sin haberte llegado a tocar, jamás estuvieron tan vacías.
Los días se hicieron noche y las noches se volvieron negras, frías y oscuras. Faltabas tú para alumbrar el cielo. Y sin ti, no había cielo.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que volviera a encontrarte en el firmamento, para que reconociera el fulgor de tu brillo y para que comprendiera que ese es el lugar que le corresponde a las estrellas, diminutas lamparitas que alumbran las noches y escuchan nuestros deseos. Y allí habías vuelto tú para escuchar el mío y para convertirlo, al fin, en una maravillosa realidad.

Tú fuiste mi sueño inalcanzable, mi estrella fugaz. Pasaste por mi vida como un soplo, fuiste parte de mí por un brevísimo espacio de tiempo pero me dejaste, para siempre, la huella de tu paso y el brillo, fugaz, de una estrella.

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lunes, 8 de febrero de 2010

Hasta pronto...

Me tomo un breve descanso,
me marcho de vacaciones...
Dejo el blog en buenas manos;
las vuestras, mis seguidores.

En una semana vuelvo
a jugar con verso y prosa
para contaros de nuevo
pequeñas y grandes cosas.
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domingo, 7 de febrero de 2010

Locura y razón

Mil motivos se me ocurren para odiarte
y otros mil para no vivir sin ti.
Si te pienso desearía despreciarte,
si te olvido muere cuanto hay en mí.

Sabes bien que eres mi única moneda
con su cara pero también con su cruz.
La cara, el brillo de tu piel de seda.
La cruz, cuando me niegas esa luz.

En un loco desvarío estoy viviendo.
Ni contigo ni sin ti. La sinrazón.
Tan absurdo como es el vivir muriendo
es morir por conquistar tu corazón.

No hay antídoto al veneno de tus besos.
Como droga, este amor crea adicción.
El deseo ha calado hasta mis huesos
y me arrastra con la fuerza de un ciclón.

Más que inútil es que apele al buen juicio
y suicida que me entregue a este amor.
Sé que amarte es lanzarme al precipicio
Para dejarte, me falta todo el valor.

Es mi corazón el campo de batalla
de una lucha entre locura y razón.
Una me habla cuando la otra se calla
y esta guerra ya no admite rendición.
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jueves, 4 de febrero de 2010

Es bueno darse cuenta...

Algunas cosas que pueden sucederte un día cualquiera…

Quedar para comer con tu mejor amiga, a la que no ves desde hace muchos meses.
Darse cuenta de que has escogido el peor día del mes porque amenaza lluvia.
Aprovechar que tienes la mañana libre para ir a la peluquería.
Darse cuenta al salir de casa de que, efectivamente, has escogido el peor día porque ha empezado a llover.
Irte a tomar un café con leche antes de entrar en la peluquería, ya que has llegado con diez minutos de antelación.
Darse cuenta, una vez apurada la última gota, de que no llevas ni un céntimo en el monedero.
Muerta de vergüenza, comentárselo a la camarera y jurarle por lo más sagrado que corres hacia el cajero más cercano.
Darse cuenta de que justo en ese momento entra en el bar tu peluquero a tiempo para oír la segunda parte de la conversación.
Salir volando hacia el Banco más cercano para sacar dinero.
Darse cuenta de que ninguno de los dos cajeros automáticos funciona.
Ponerte al final de una larguísima cola para que te atienda uno de los dos empleados.
Darse cuenta de que uno de los empleados se va a desayunar.
Maldecir el momento en que se te ha ocurrido tomar un café con leche.
Darse cuenta de que la cola no avanza y de que ya llegas con retraso a la peluquería.
Conseguir, finalmente, el dinero y salir como alma que lleva al diablo hacia el bar, rezando para que el peluquero ya no esté.
Darse cuenta de que el peluquero todavía está.
Pagar la deuda con el mayor disimulo posible.
Darse cuenta de que el bar se ha quedado en silencio justo en el momento en que la camarera dice: “me lo hubieras podido pagar otro día…”
Salir disparada hacia la peluquería donde hace ya veinte minutos que te esperan.

Aquí no te das cuenta de nada porque todo va bien.

Recién peinada y antes de marcharte, tener la urgente necesidad de ir al baño.
Darse cuenta de que te has equivocado de puerta y te has metido en el almacén.
Entrar en el sitio correcto, desanudarte la bata que llevas puesta y sentarte en el lavabo mientras te miras en el espejo lo guapa que has quedado.
Darse cuenta al levantarte de que has metido en el lavabo el cinturón de la bata y de que lo sacas chorreando.
Buscar desesperadamente papel higiénico para secarlo.
Darse cuenta de que tú has terminado el rollo y no hay más.
Secar el cinturón como buenamente puedes con la toalla y salir del baño intentado esconderlo en uno de los bolsillos de la bata.
Darse cuenta de que la peluquera que te ayuda a quitarte la bata saca el cinturón del bolsillo.
Ver de reojo su cara antes de salir a la calle y jurarte no volver a la peluquería en tres meses.
Darse cuenta de que con la humedad de la lluvia, el peinado te ha durado cinco minutos y tu pelo está empezando a encresparse.
Llegar al lugar de encuentro con tu amiga.
Darse cuenta de que no está.
Dejar pasar unos minutos y llamarla por si no tiene claro donde habéis quedado.
Darse cuenta de que ella lleva rato esperándote y de que eres tú la que no lo tiene claro.
Dirigirte al sitio correcto y encontrarte, finalmente, con ella.
Darse cuenta de lo buena amiga que es cuando te dice que estás guapísima con ese peinado que, a esas alturas, ya ha llegado al punto máximo de encrespamiento y se asemeja a una escarola.
Y, por fin, darse cuenta de que, a pesar de todo y como siempre, el encuentro ha sido encantador y juntas os habéis echado unas buenas risas a tu costa.

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sábado, 30 de enero de 2010

Eterno desacuerdo

Si me voy, porque no vengo…
Si entro, porque no salgo…
¿Conseguiré alguna vez
que te parezca bien algo?

Si yo te digo que negro,
tú dices que mejor blanco.
Me planteo seriamente
el tirarme de un barranco…

Si hablo, “mejor te calles”…
Si callo, “no dices nada”…
O decido ignorarte
o te pego una patada…

Si ando, “vas muy despacio”…
Si corro, “vas muy deprisa”…
Para ti todo está mal
y ya me lo tomo a risa.

Menuda pena la mía
el no acertarte ni una…
¡Si estamos a pleno sol
y me dices que es la Luna!

Si bajo, porque no subes…
Si salgo, porque no entras…
¡Estoy hasta las narices!
No me busques, que me encuentras…

Y no me vengas con cuentos
de que eres inconformista
que tan solo eres un plasta…
¡Lo tuyo es de sicoanalista!

Se me ha ocurrido una idea
y espero que me funcione…
Se trata que, como siempre,
lo que diga me cuestiones.

He decidido quedarme
contigo toda la vida…
¿Qué dices? ¿Mejor me vaya?
Me dejas tan abatida…

¡Salgo corriendo ahora mismo!
Si te he visto, no me acuerdo…
¡Ahí te quedas, bonito,
con tu eterno desacuerdo!
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martes, 26 de enero de 2010

Las manos de un ebanista

Era ebanista y se llamaba Josep. Me resultaba paradójico y casi incomprensible que ese hombre alto y corpulento, de aspecto rudo, pusiera en sus manos tanta delicadeza y en sus profundos ojos azules tanto cariño cuando, más que trabajar, acariciaba la madera. De esa entrega casi pasional, nacieron auténticas joyas artesanales, muebles con filigranas en maderas nobles que hoy resultarían casi impagables y que, por fortuna, muchos todavía se conservan en casa de mi madre y algunos en la mía, ajenos al paso del tiempo y como hermoso testimonio de quien los creó con sus manos,
Arte a través de la madera, eso es lo que hacía mi abuelo.
Ebanista por vocación y devoción. Y más tarde, cuando las estrecheces económicas se agudizaron, mecánico por obligación.

Donde la memoria no me alcanza, me llega su recuerdo a través de las fotografías en donde él, en la plenitud de su madurez, sostiene a un menudísimo bebé con pocos días de vida, que soy yo. En los robustos brazos de aquel corpulento hombre, yo no soy más que una especie de pulguita que, desde mi insignificancia, parezco mirar algo asustada a aquel gigante que era mi abuelo.
Años más tarde, sus también robustas pero delicadas manos de ebanista sujetarían la mía para enseñarme a regar las flores del balcón, algo que me entusiasmó de tal modo que, más que regarlas, las llegué a anegar. Esas manos sujetarían la mía para llevarme a pasear por el zoológico o para ayudarme a subir a ese flamante patinete que, con todo el cariño de un abuelo hacia su única nieta, construyó para mí.

Una de mis distracciones diarias preferidas, a la vuelta del colegio y mientras esperaba la comida, era salir al terrado de casa en donde tenía su taller. Siempre le encontraba allí, tan entregado a su trabajo que apenas se percataba de mi presencia. En silencio, me quedaba en la puerta, observándole acariciar amorosamente esa madera que, como tocada por la mano de un mago, terminaba convertida en un hermoso mueble.
Martillos, sierras, formones, garlopas, barbiquis…Todo un despliegue de herramientas que, en sus manos, parecían cobrar vida propia y le ayudaban a obrar el milagro de transformar la más humilde de las maderas en una obra de arte.
Y mientras le contemplaba, me iba impregnando de ese olor característico de la madera recién serrada hasta que el fino polvillo suspendido en el aire conseguía, inevitablemente, hacerme estornudar...
Al verme, sus azules ojos se iluminaban y entonces, en total libertad, me lanzaba a jugar con el serrín que, como suave lluvia, caía al suelo y con las serpentinas de madera que, como tirabuzones, se desprendían de la garlopa.

Anarquista hasta la médula, se libró de la guerra por ser hijo de viuda, pero no por eso su lucha fue menos valiosa y, a menudo, recordaba orgulloso su actividad junto a Durruti. Muchas veces, cuando salíamos a la calle, me mostraba un agujero que, todavía hoy, sigue en la pared del edificio y en voz baja me decía: “Esta es la marca que dejó una bala en una manifestación al lado de Durruti. Me pasó a un palmo de la cara”.
Yo, en aquel entonces, no tenía ni idea de qué era una manifestación ni de quien había sido aquel señor y porque le habían disparado, pero asentía solemnemente ante tal confidencia, confiando que el tiempo, como así fue, despejaría esa incógnita.
También solía recordar, pero esta vez con amargura, el horror y la angustia de verse sorprendidos en plena noche por los bombardeos franquistas y como, ante la imposibilidad de acercarse al refugio más cercano, él y mi abuela envolvían a mi padre, entonces un niño de seis años, en un colchón, a fin de paliar las posibles consecuencias del bombardeo. Con el hijo protegido, se escondían los tres bajo la cama a la espera de que la sirena anunciase el final del ataque.

Renegaba constantemente del clero y de la Iglesia y solo en contadísimas ocasiones le vi pisar una iglesia. Por eso no dejaba de sorprenderme que, indefectiblemente, cada vez que salía a la calle y antes de cruzar el umbral, se santiguara. Con el paso de los años comprendí perfectamente su concepto de la religión y de la fe, tan alejado de lo que entonces nos pretendían inculcar y ahora, tan cercano al mío.
Simplemente, no creía en intermediarios ante Dios.
Se había despejado otra incógnita…

También me parecía enigmático que de vez en cuando, y como quien muestra un gran tesoro oculto, desenterrara del fondo de un armario unos libros maravillosamente encuadernados de una revista infantil ilustrada, llamada “Patufet”. Estaba escrita en catalán y los primeros ejemplares eran de principios del siglo XX. Los ojeábamos juntos y yo hubiera querido quedarme con ellos pero siempre, bajo cualquier excusa, volvía a esconderlos y, ante mi insistencia, me decía: “Cuando seas mayor”. Era otro enigma que, de nuevo, el tiempo me ayudó a resolver cuando descubrí que mi idioma no solo estaba prohibido, sino también perseguido.
Poco a poco, el comportamiento algo enigmático de mi abuelo se había ido aclarando.

En las disputas que, debido a mi adolescencia algo alocada, mantenía a menudo con mis padres, él y mi abuela, su gran amor, fueron mis aliados incondicionales y jamás de sus labios salió una palabra de censura ni un reproche sino que, por el contrario, a menudo hicieron de mediadores entre mis padres y yo.
Le recuerdo saboreando con deleite su puro y su copita de coñac después de las comidas, como broche de oro a una de sus pasiones, después de la madera: el comer.
Por eso, cuando por motivos de salud le limitaron el tabaco y el coñac a los días festivos, aceptó muy a regañadientes la restricción del tabaco pero supe, inmediatamente, que haría lo indecible para no renunciar a su licor.
Usó mil artimañas y todo su poder de convicción para que la ley seca a la que le habían sometido fuera menos estricta. Cuando ninguna de las dos cosas funcionaba, a escondidas, echaba rápidamente unas gotas de coñac en su café y, ante las sospechas de mi abuela que controlaba el nivel de la bebida en la botella, respondía tranquilamente: “Tú ves visiones…” Y hacía verdaderos esfuerzos por disimular su sonrisa traviesa.
Aún ahora no sé con certeza si realmente conseguía engañar a mi abuela o si ella, simplemente, se dejaba engañar…

Cuando el paso de los años empezó a hacer mella en él y lo dejó postrado en una silla de ruedas, me convertí en su cómplice, consciente al igual que lo era él de que, ya en la recta final de su vida, no dejaba de ser cruel privarle de ese pequeño y último placer.
Así pues, al terminar la comida, cuando la mesa quedaba vacía y yo era la última en retirarme, me susurraba al oído en voz muy queda: “Ahora que no nos ve nadie, anda…échame unas gotitas de coñac en el café”. Yo, mirándome en sus ojos azules, asentía y, con la mayor rapidez posible, procedía a aquel acto clandestino, sabiendo que era ya de las últimas alegrías que la vida le regalaba a mi abuelo.
Fue, durante bastante tiempo, nuestro secreto.

Sobrevivió a una guerra, sobrevivió a épocas de escasez, soportó cuarenta años de dictadura y opresión… Pero a lo que no pudo sobrevivir fue a la muerte de mi abuela.
Por primera y última vez en mi vida le vi llorar como a un niño, llamándola desconsoladamente cuando, ya muerta, salía por última vez de casa.
Sus manos de ebanista, artífices de tanta belleza, esas manos que me habían enseñado a sujetar una regadera, que me habían llevado de paseo, que me habían construido un patinete, esas manos que habían repartido octavillas por toda la ciudad, que habían hecho la señal de la cruz en su cara al salir de casa y que, pacientemente, habían pasado para mí hoja tras hoja del prohibido “Patufet”, esas manos, ahora, cubrían su rostro en un vano intento por ocultar su llanto.
Se dejó, literalmente, morir. Al cabo de tres meses, moría él también y, de nuevo, volvía a reencontrarse, para siempre, con la que fue el primero de sus dos grandes amores. El segundo, la madera, todavía llora su pérdida.

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miércoles, 20 de enero de 2010

El corazón dijo "nones"


Era, lo que se diría,
un apuesto mirlo blanco,
delegado de un Banco
y de muy buena familia.

Se fijó en mí… ¡hay que ver!
y hacía planes de futuro…
Y yo me decía: “seguro
que le llegaré a querer”.

Un coche impresionante,
un ático espectacular,
una casa junto al mar
y sus ojos suplicantes…

Nada podía despertar
mis dormidas emociones
y su lluvia de atenciones
me llegaba a molestar.

Alguna amiga sensata
apelaba a la razón:
“No te pierdas la ocasión,
viene en bandeja de plata”.

Y con el convencimiento
de que el roce hace el cariño,
al tiempo le lancé un guiño
en un último intento.

Pero el tiempo avanzaba
y aún a pesar de mi empeño
a que aquél fuera su dueño
mi corazón se negaba.

Ni tan siquiera en París
consiguió enamorarme
y harta ya de engañarme
me dije: “no soy feliz”.

Y tal como vino se fue,
más con pena que con gloria.
Ni una huella en mi memoria
y en dos días le olvidé.

Con mil y una razones
para decirle que sí,
a quien me guía, acudí.
Y el corazón dijo “nones”.
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domingo, 17 de enero de 2010

Manos blancas

Abre tus manos, míralas y piensa…
Piensa si las abres para dar o para recibir.
Para regalar o para atesorar.
Para acariciar o para golpear.
Para acercar o para alejar.
Para entregar o para robar.
Para acoger o para rechazar.
Para unir o para aprisionar.
Para crear o para destruir
Para ofrecer ayuda o para recibir favores.
Para levantar al caído o para empujarle.
Para estrechar otra mano o para encadenarla.
Para secar lágrimas o para provocar el llanto.
Para abrir puertas o para cerrar jaulas.
Para salvar una vida o para matar.
Para alzar a un niño o para alzar un fusil.
Ojalá sea lo primero porque entonces tus manos estarán siempre abiertas para aplaudirle a la vida, para lanzar palomas de la paz al vuelo y para repartir todo el calor que tu corazón desprende.
Abiertas para mostrarlas, limpias, al sol. Abiertas para abrazar a la lluvia, al aire y a la tierra como fuentes de vida. Abiertas para proteger presentes y construir futuros. Abiertas a otras manos abiertas.
No las cierres nunca, Las manos cerradas son puños que encierran odio y sólo abriéndolas podrás librarte de él. Y si las cierras, que sea para empuñar una pluma o un pincel, pero nunca un arma.
Si es así tus manos, tengan el color que tengan, serán siempre manos blancas.

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martes, 12 de enero de 2010

Besos

Besos
con sabor a caramelo,
que al ponerlos en mis labios
me llevaban hasta el cielo.

Besos
con sabor a hierbabuena,
con pasión me regalabas
y se alejaban mis penas.

Besos.
Miel, azúcar y canela
que endulzaban la amargura
de tantas noches en vela.

Besos.
Embriagante medicina
que ansiosa necesitaba
como dulce vitamina.

Besos,
que un mal día me negaste
sin saber porque ni cuando
a otros labios entregaste.

Besos,
que ahora busco en mis sueños
e imagino en otra boca
de la que eres nuevo dueño.

Besos,
un derroche de dulzura,
un sabor que con tu ausencia
transformaste en amargura.
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lunes, 11 de enero de 2010

Amiga mía


Me cuentas que es un tipo interesante.
Te digo que es un necio arrogante.
Que es todo un señor y un caballero.
¿Sólo porque te dice “tú primero”?

Que tiene una charla fascinante.
Perdona, es estúpido y pedante.
¿Un tío de lo más inteligente?
Y yo te digo que es un prepotente.

Ya ves, amiga mía, qué ironía…
que en ésto seamos la noche y el día
Tú crees que has tenido una gran suerte
con el hombre que yo he odiado a muerte.

Todo en su vida es una gran mentira.
¡Si es falso hasta el aire que respira!
Créeme, que como yo eres una más
y cuando él ría con otra, tú llorarás.

Lo encuentras atractivo, sexy y guapo
y yo te digo que antes beso a un sapo.
Atento y servicial. Todo un galán.
No te enfades, pero es sólo un patán.

Dice que eres la mujer de su vida.
Si supieras para cuantas hay cabida...
Es sólo un embustero y un farsante.
¡Por Dios…si ni siquiera es buen amante!

Con la voz de la amistad solo te hablo.
Escapa de él como del mismo diablo
pues no vale la pena todo el daño
que te hará quien vive inmerso en el engaño.

Sin celos, sin rencor y sin envidia...
ahórrate la experiencia, amiga mía,
No te equivoques ni repitas mi error
porque tú te mereces alguien mejor.
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sábado, 2 de enero de 2010

Lección de humildad gracias al bacalao

Acababa de estrenar un vestido que me enamoró con solo verlo y que compré sin pensármelo dos veces.
Muy a la moda de hace unos treinta años era de seda, con corte camisero y un largo justo por debajo de la rodilla. La falda, ligeramente acampanada, ondeaba graciosamente al andar y, enfundada en él, me encontraba francamente atractiva y totalmente irresistible.
Estaba convencida, sin lugar a dudas, de que lo habían diseñado especialmente para mí.
Era la segunda vez que me lo ponía y ya no podía esperar más tiempo para lucirlo entre mis compañeras de oficina, segura como estaba que iba a despertar muchos comentarios de admiración y más de una mirada de envidia, cosa que así fue.
Fueron tantos los halagos que recibí al hacer mi entrada triunfal en el despacho que esa mañana mi rendimiento alcanzó mínimos casi vergonzosos, ya que pasé más horas de pie que sentada, buscando cualquier absurdo pretexto para levantarme de la silla y poder lucir mi palmito por todo lo largo y ancho de la oficina.
Montada en el carro de mi vanidad, el día era maravilloso y casi me sentía como una miss recién coronada.
Hasta que llegó la hora de comer.

Siguiendo la rutina de cada día, tres compañeros más y yo nos dirigimos a uno de los restaurantes más cercanos y, no recuerdo por qué motivo, ese día elegimos uno de los más selectos entre los que normalmente frecuentábamos.
Para mis adentros pensé que era el sitio idóneo para seguir luciendo mi fantástico vestido.
El primer plato ni lo recuerdo pero sí, y con toda claridad, el segundo, uno de mis favoritos. Bacalao con samfaina, una deliciosa salsa similar al pisto y que forma parte de nuestra cocina catalana.
El vestido, la comida…el día estaba siendo perfecto y nada hacía prever el desastre que se avecinaba. Ni la experiencia del camarero que nos atendía ni su destreza en el manejo de los platos a la hora de servir.
Pero sucedió.
Se acercaba ya hacia mí, con su impoluta americana blanca. Con un aire totalmente profesional sostenía en su mano derecha un plato y en su izquierda otro, el del tan esperado bacalao. Se me hacía la boca agua con solo ver el humeante plato. Ya a mi lado, se inclinó levemente para depositarlo frente a mí.

Posiblemente tuvo una laguna mental o un fallo de coordinación y olvidó que era solo él quien debía inclinarse al servir, no el plato. El caso es que, con ojos aterrados, vi como la salsa, siguiendo la inclinación que había adquirido el plato y obedeciendo a la ley de la gravedad, se lanzaba al vacío y empezaba a caer, lenta pero inexorablemente, hasta estamparse sobre mi falda y sin poder hacer yo nada por evitarlo.
Por suerte, el bacalao, que oscilaba peligrosamente en el borde del plato, no siguió la trayectoria de la salsa, en parte gracias a que la Diosa Fortuna tuvo cierta compasión de mí, y en parte gracias a un malabárico movimiento de muñeca del camarero, lo cual evitó lo que ya hubiera sido el broche de oro a tan accidentada forma de servir.
La alta temperatura de la salsa sobre mis piernas me levantó de la silla a la velocidad de un rayo y sin poder contener un grito me convertí, y esta vez muy a mi pesar, en el centro de todas las miradas de los demás comensales.

Y como lava, la enorme mancha rojiza se iba extendiendo por mi vestido.
El día, evidentemente, había ya dejado de ser perfecto.

De nada sirvió el sifón que casi a chorros el atribulado camarero, deshaciéndose en excusas, me echó sobre la mancha, a no ser el conseguir dejarme las piernas, segundos antes casi abrasadas, en algo parecido a dos barras de hielo. De nada sirvieron sus mil disculpas y perdones…mis efímeras horas de gloria habían finalizado.
Mi regreso a la oficina, por supuesto, fue bastante menos triunfal que mi llegada.
El color de mi cara se confundía con el escandaloso rojo tomate de la mancha, la cual se iba haciendo más ostensible a medida que mis compañeras, las envidiosas no, las otras, se esforzaban en aplicarle mil remedios de emergencia.
El resto de la jornada no me moví de la silla.
Igual de vergonzoso fue el regreso a casa, en un metro repleto de cientos de pares de ojos posados en mi vestido, y no precisamente admirando lo bien que me quedaba.
Tras un trayecto que se me antojó interminable, llegué a casa y el vestido fue derecho a la lavadora mientras yo invocaba a todos los dioses para que la mancha desapareciera.
Imaginé que sus sonoras carcajadas a mi costa no les permitió escuchar mis súplicas, porque la mancha resistió un lavado, y otro, y otro más…a todas las temperaturas y con todos los programas posibles y detergentes milagrosos que había en el mercado.
Era evidente que estaba pagando mi exceso de vanidad

Creo que por puro agotamiento tras tantos lavados, la mancha se difuminó pero no conseguí, de ninguna manera, eliminarla completamente y, muy a mi pesar, el vestido pasó al más absoluto de los olvidos en el fondo de mi armario. Y quizás en la confianza de que el tiempo obrara un milagro, no lo tiré.
Y el milagro ocurrió en la siguiente temporada.
Como dijo Santa Teresa, los caminos del Señor son inescrutables. Y los de la moda, añado yo, también.
Al año siguiente, el largo de los vestidos había cambiado radicalmente y pasaba a ser corto lo que antes había sido largo. Mi mancillado vestido estaba ya totalmente pasado de moda y ahora se trataba de lucir piernas, cuanta más mejor.
No lo dudé ni un momento. Como quien resucita a un muerto, lo desenterré de su forzoso olvido y, a golpe de tijera, conseguí dos objetivos: eliminar definitivamente la mancha y, con ella, más de dos palmos de tela que, en cuestión de minutos, lo convirtieron en un modelo de lo más moderno y actual.
Un año después, de nuevo ufana y radiante, entraba en la oficina luciendo la nueva versión de mi vestido y, además, un buen trozo de piernas lo cual, esta vez, no solo provocó la admiración de mis compañeras sino también la de más de un compañero.
Y con todo esto aprendí dos cosas: Que del pedestal de la vanidad te puede hacer caer un simple bacalao con samfaina y que, como en muchas otras circunstancias de la vida, casi siempre hay una segunda oportunidad.

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