martes, 1 de junio de 2010

Maldito blues

Llora el saxo mientras suena esta canción,
una lágrima escondida en cada nota
y, sin aviso, se cuela en mi corazón
con su música desgarrada y rota.

Hay un viaje al pasado en su llanto,
con billete de ida sin regreso
a ese tiempo en que nos quisimos tanto
que llegamos a querernos con exceso.

Hay tristeza en el alma de este blues
que acompaña esta soledad de dos.
Ya no hay magia en esta cena a media luz
y el silencio habla a gritos de un adiós.

Y jugamos a esquivarnos la mirada
por temor a descubrir a dos extraños.
Esta noche de verano es helada
y el lamento de este saxo me hace daño.

Si parece que fue ayer cuando, abrazados,
nos vio la luna bailar esta canción.
Dime, al menos, que no lo has olvidado
ahora que, lento, se baja el telón.

En el aire, un acorde suspendido,
nota final que suena a despedida.
Maldito blues, una vez más has sido
banda sonora de un trocito de mi vida.
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viernes, 28 de mayo de 2010

Sangre envenenada

Es sangre envenenada
la que corre por sus venas
y el alcohol, de madrugada,
enturbia de ira sus penas.

Ríos de rabia y celos
se desbordan y le engullen.
Llama a las puertas del cielo
y sólo demonios acuden.

La que ayer fuera su sueño
es hoy su pesadilla.
Le dijo que no era su dueño
y su rechazo le humilla.

Se revuelca en su agonía.
se retuerce en su tormento.
Borracho, al filo del día,
de venganza está sediento.

El rencor y el despecho
son acerados puñales
y al hundirse en su pecho
brota el odio a raudales.

“No será de nadie más
la que no quiere ser mía.
Juro ante ti, Satanás,
que hoy será su último día”

Cabalgando en la locura,
dos escalofriantes brillos
alumbran la noche oscura:
su mirada y un cuchillo.

Desde su infierno murmura:
“Mataré a quien me mata.
Pagarás por mi amargura
con justo castigo, ingrata”

Y como lobo, acechante,
la espera en su portal.
En la oscuridad reinante,
sus ojos, destello mortal.

Suenan doce campanadas
desde un reloj lejano,
presagio de muerte anunciada.
Y siente el acero en sus manos…

El silencio habla de muerte
mientras el verdugo espera.
Ajena a su aciaga suerte,
los pasos de ella en la acera.

Inmóvil por unos segundos,
suspendidos en la nada,
desde el odio más profundo
clava en ella su mirada.

Y también clava en su pecho
tres certeras cuchilladas
de celos, odio y despecho,
con manos ensangrentadas.

No hay gritos ni resistencia,
tan solo asombro y horror
de quien, desde su inocencia,
reconoce a su ejecutor.

Sus ojos, interrogantes,
le miran desde la agonía.
Puñales, desde ese instante,
que acuchillarán sus días.

Le engulle la oscuridad
con su sangre envenenada.
Ya desde la eternidad,
su verdugo es esa mirada.
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jueves, 13 de mayo de 2010

Naufragio

Entre tu boca y la mía,
la certidumbre
de pronunciar un “te quiero”
sin amor y por costumbre.

De tus ojos a los míos,
la añoranza
de un tiempo en que fui tu imagen
y tú eras mi semejanza.

De tus labios a los míos,
el desconsuelo
de un beso moribundo
necesitado de anhelo.

De tus manos a las mías,
el titubeo
que paraliza caricias
por la ausencia de deseo.

De tu corazón al mío,
el abismo.
De un lado la indiferencia,
del otro, el egoísmo.

Entre tú y yo, invisible,
el presagio
de hundirnos en la rutina
victimas de este naufragio.
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lunes, 10 de mayo de 2010

No era para mí

Fue un encuentro típico de discoteca.
Él anclado en la barra y yo, coqueta,
le miraba de reojo, y él a mí,
me lanzaba una sonrisa a lo Brad Pitt.

Siguiendo el guión establecido
se hacía de rogar, el muy bandido.
Yo pensaba: “¿Porqué tardará tanto?”
Pero al fin se rindió a mis encantos…

Ya de charla, era todo simpatía
y yo de más de una era la envidia.
A su lado el más guapo era feo
y, vanidosa, lo exhibí como un trofeo.

Pasó la noche sin insinuar nada
y yo me lo miraba, alucinada.
“¿Habré encontrado al fin a un caballero?”
¡Si hasta me dijo al salir: “Tú primero”!

Un decoroso beso en la mejilla…
“Si quieres, nos vemos otro día.
Te invito a cenar” dijo y yo, lela,
pensé “Hoy me ha tocado la quiniela”.

“Apunta mi móvil por si no puedes”
me gritó, ya subido a su Mercedes.
Dije que no con sonrisa traviesa...
¿Faltar yo a mi cita con esa belleza?

Y me pasé tres noches y tres días
pensando qué vestido me pondría.
El negro, que siempre es más elegante...
¡Seguro me verá despampanante!

Y así estaba yo el día en cuestión
cuando de pronto hubo un apagón.
A tientas, sin luz y sin dos velas
buscando como loca unas medias.

Por fin las encuentro y, a oscuras,
reniego de mi malaventura.
Sin tiempo para últimos detalles
me lanzo en estampida hacia la calle.

¡Ya son casi las nueve. Llego tarde!
Y el tráfico a esta hora está que arde…
Nerviosa, ya sentada en el coche,
presiento que no empieza bien la noche.

Y no empieza bien. Lo hace fatal,
porque atrapada en un atasco colosal
de nuevo maldigo a mi mal sino…
¡Mis medias negras son azul marino!

¡Voy hecha un auténtico payaso!
Y encima, llegando con retraso…
¡Qué pensará de mí, de esta guisa!
O se muere del susto, o de la risa.

¡Maldita sea! No sé donde llamarle...
¡Y a todas éstas, ya es media hora tarde!
Aparco el coche y, fuera de mí,
recuerdo que no me peiné al salir.

Casi al borde de la desesperación
echo a correr como en una maratón,
arrasando con todos los peatones
y subida a unos altísimos tacones.

Y llego, al fin, al sitio del encuentro
en el preciso y fatídico momento
en que desaparece por la esquina
un Mercedes, y aquí todo se termina.

Reniego una vez más del apagón.
del atasco y de mi equivocación,
aunque ahora ya me importa un comino
ir de negro con medias azul marino.

Y tal como llegué me volví a casa
pensando que el Destino tiene guasa.
Estaba escrito. No era para mí
aquel con la sonrisa de Brad Pitt.
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miércoles, 5 de mayo de 2010

En la espera

Desgrano los minutos, impaciente,
del racimo de las horas que no avanzan,
que parecen burlarse de mi prisa,
que el momento deseado nunca alcanzan.

Hay silencio y quietud en este cuarto
que acompaso con el son de los latidos
de un corazón que cabalga y se desboca,
que te presiente y tiembla estremecido.

Y en la espera
te maldigo por tenerme prisionera
de tu ausencia que me ata y me esclaviza
a tu amor, que nunca tiene prisa.

Centinela de ese espacio que tú llenas,
me atrinchero en él y aguardo tu llegada
y me envuelvo con todos tus recuerdos
para que calmen mi inquietud enamorada.

Me enfurezco con mi pensamiento
que, obstinado, te retiene en mi mente.
Me rebelo porque es tu carcelero
y el mío, mientras estás ausente.

Y en la espera
trepo a tu imagen como dulce enredadera
y te hago mío en invisible abrazo
hasta que escuche el sonido de tus pasos.
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lunes, 3 de mayo de 2010

Abril

Fue el abril más hermoso
de todas mis primaveras.
Sus mil lluvias empapaban
de sueños mi dulce espera.

Las flores me anunciaban
el despertar de la vida
y con sus mejores galas
te daban la bienvenida.

Y yo, con tu vida en la mía,
cobijada en mi vientre,
percibía ya maduro
el fruto de la simiente.

Pasito a paso, en abril,
me acercaba a tu encuentro.
No sé si brillaba el sol
pues yo lo llevaba dentro.

En las noches perfumadas
le hablaba a mi amiga Luna
y con ella ensayaba
nuevas canciones de cuna.

Y le preguntaba al cielo,
cubierto con su azul manto,
¿Cómo sin haber nacido
puedo ya quererle tanto?

El aire de las mañanas
tu nombre me susurraba
y yo, impaciente y nerviosa,
en silencio te llamaba.

Sembrado con el amor,
regado con mi ternura,
creció en mi interior
la fruta más dulce y pura.

Abril ya se despedía
y tú saludabas al mundo.
¡Por fin tenía en mis brazos
al fruto de mi amor fecundo!

Fue el abril más hermoso
de todas mis primaveras.
No habrá otro como aquél
aunque mil años viviera.
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viernes, 30 de abril de 2010

Mi primer recuerdo

Sería bonito poder decir que mi primer recuerdo, el punto más lejano hasta donde alcanza mi memoria, es la imagen de mi padre levantándome en brazos, o la de mi madre, acompañándome al colegio. O la de mis abuelos, llevándome de paseo al zoológico…
Sí, la verdad es que cualquiera de esos recuerdos podría ser un hermoso y tierno prólogo del libro de mi memoria… Pero no es así.
En honor a la verdad, debo decir que mi primer recuerdo es doloroso. Y no hablo en sentido figurado. Es, literalmente, doloroso porque fue un porrazo. O, en términos más literarios, un accidente doméstico que, aunque dicho de forma menos vulgar, no deja de ser lo mismo. Doloroso.

He intentado infinidad de veces escarbar en mi memoria, esforzándome en tener un pequeño atisbo, aunque fuera entre brumas, de algún hecho anterior, pero es imposible. O mi memoria lejana llega hasta ahí o, como consecuencia del golpe, se me borró todo lo que hubiera podido haber almacenado hasta entonces en mi cabecita que, dicho sea de paso, tampoco debería ser mucho…
Así pues, remontándome al primer capítulo de mi memoria, veo a un ser diminuto y algo rechoncho, cosa esta última que duró poco tiempo para desesperación de mi madre, dispuesto a poner en práctica una de sus aficiones favoritas en aquel entonces: curiosear, explorar, descubrir... Con los cinco sentidos a pleno rendimiento y sin darles un minuto de tregua. De hecho, algo innato en cualquier niño pero que, en mi caso, no empezó con buen pie.

Una afición que, pese a sus accidentados inicios, no disminuyó en lo más mínimo sino que, por el contrario, fue en aumento a medida que pasaron los años y que, posiblemente, derivó en lo que es hoy una de mis pasiones: viajar, y todo lo que ello conlleva. La curiosidad por lo desconocido, el descubrimiento de nuevos lugares, nuevas costumbres, nuevas gentes, el saber qué hay más allá de lo que ya se conoce…
Evidentemente, si viviera mi abuela, que ese día fue la coprotagonista del suceso, diría que me dejara de tonterías románticas porque lo que yo estaba haciendo, simple y llanamente, era meter las narices donde no me llamaban.
Y posiblemente tendría razón, porque así me fueron las cosas.

Bien, pues interpretaciones aparte, en esas estaba yo el día en cuestión dispuesta a adentrarme en el dormitorio de mis padres, un territorio que había explorado muy superficialmente y que ofrecía infinitas posibilidades, todas por descubrir.
La alcoba, que dado mi pequeño tamaño me parecía enorme, tenía el aliciente de unos hermosos muebles, obra artesanal de mi abuelo ebanista, con un montón de tentadores cajones y sugerentes puertas por abrir. La perspectiva, pues, no podía ser más interesante.
Sin pensármelo dos veces, aunque poco o nada debía pensar yo a esa edad, me puse manos a la obra.

Solo había que superar un pequeño obstáculo: escapar de la vigilancia de mi abuela que, dado que el resto de la familia trabajaba, era la responsable de tener a raya mis inquietudes aventureras. Atareada en la cocina preparando la comida, no me resultó difícil alejarme de su control y, con la velocidad que me permitían mis diminutas piernas, atravesé como una flecha el pasillo que conducía al dormitorio de mis padres.
Mi carrera, sin embargo, se vio frenada por la penumbra que allí reinaba y que, en absoluto, invitaba a seguir adelante. A pesar de esto, lejos de desistir en mi intento, lo consideré como un elemento que hacía aún más excitante la aventura y, una vez mis ojos se adaptaron a la oscuridad, me lancé a ella con pasitos torpes y apresurados.

El primer mueble con el que topé, ya que me dí de narices con él, fue un tocador, totalmente fuera del alcance de mis posibilidades. Con dos pequeños cajones en la parte superior, imposibles de alcanzar dada mi escasa estatura, y cuatro grandes cajones en la parte inferior, imposibles de abrir dada mi poca fuerza, tuve que descartar el primer objeto de inspección. Aun así, no me rendí a la primera y, posiblemente, la contrariedad no hizo más que avivar mi interés. Convencida de que algo encontraría más accesible a mis limitados recursos, me adentré del todo en la alcoba.
Y lo hallé.

Las mesitas de noche. Una a cada lado de la cama, y exactamente igual de altas que yo. O yo igual de bajita que ellas. Parecían estar esperándome y no me lo pensé dos veces. Posiblemente, ni una.
Pero una terrible duda detuvo de nuevo mis pasos… ¿Hacia cual dirigirme?
Supongo que un incipiente atisbo de intuición femenina me hizo decantar por la de mi madre. Casi seguro que en su interior habrían cosas mucho más interesantes que en la de mi padre.
Con un cajón en la parte superior y una puerta en la inferior, este mueble sí era totalmente asequible para mis manitas curiosas e impacientes por descubrir la gran cantidad de maravillas que, seguro, escondía.
Así pues, fijado ya el objetivo, me dirigí hacia él como un torpedo.

Pero de nuevo mi carrera se vio frenada por algo que relucía en la oscuridad y que llamó enormemente mi atención. Era el tirador del cajón, una pieza de metal dorado, en forma de lágrima, que sobresalía ostensiblemente del mueble y que, justo a la altura de mis ojos, parecía indicarme el camino a seguir. Por unos segundos, casi me hipnotizó.
El lapsus, sin embargo, fue breve porque, retomando mi interrumpida carrera y a una velocidad casi suicida, corrí hacia la mesita dispuesta a alcanzar mi meta.
Pero la mala fortuna, mis pasitos torpes por la prisa y mi todavía frágil estabilidad se confabularon de tal forma que, a tan solo un par de centímetros de mi objetivo, resbalé.
Y, con peor fortuna aún, lo hice de tal forma que mi frente daba de lleno contra el tirador. Exactamente entre ceja y ceja sentí el frío metal atravesándome la piel.

El impacto me tiró de espaldas al suelo y, bastante aturdida, intenté incorporarme pero solo conseguí quedarme sentada. Curiosamente, y a pesar del duro golpe, no lloraba. Quizás porque el subconsciente me decía que echarme a llorar equivalía a delatarme…
Debí permanecer así unos segundos hasta que noté un líquido caliente que resbalaba por mi rostro y que se metía en mis ojos. Palpé con la mano mi cara y fue entonces cuando, al verla completamente manchada de sangre, olvidé a mi subconsciente y empecé a llorar histéricamente con todas la potencia de mis pequeños pulmones.
Al mismo tiempo que estallaba mi llanto, algo estallaba también contra el suelo de la cocina, a la vez que oía otros gritos, aparte de los míos. Los de mi abuela, ya corriendo por el pasillo hacia donde yo estaba. Se encendió la luz de la habitación y mi llanto aumentó en decibelios al ver su cara, aterrorizada y tan blanca como lo era mi vestido antes de teñirse prácticamente de rojo con la sangre que se deslizaba por mi rostro.
Y aquí, de repente, termina mi primer recuerdo porque, inexplicablemente, del resto no logro recordar nada.

Sé, por lo que me contaron, que mi abuela intento taponar como pudo la hemorragia y que, nieta en brazos, bajó desesperada a la calle, me llevó hasta la farmacia más cercana donde me hicieron una pequeña cura y, poco después, avisados mis padres, se personaron rápidamente en casa para llevarme al hospital.
De esa aventura frustrada, de esa accidentada curiosidad, me quedó, durante muchos años, una cicatriz vertical, exactamente equidistante de las dos cejas y escandalosamente visible a primera vista.
A medida que fui creciendo, fue haciéndose menos ostensible, salvo cuando fruncía el ceño, que no eran pocas veces…
Aún ahora, si me observo detenidamente esa zona, entre alguna que otra arruguita que ha pasado a ornamentar mi cara, puedo distinguir todavía una minúscula señal, como perenne recuerdo de mi curiosidad infantil.
Así inauguré, pues, mi largo rosario de pequeños y no tan pequeños accidentes que, hasta hoy, han sido compañeros inseparables en este mi viaje por la vida y a los que, después de tantos años, inevitablemente, he llegado a tomarles cariño.

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lunes, 26 de abril de 2010

No me copies

Han nacido de mi llanto
y también de mi alegría,
las he sentido en el alma,
las he hecho poesía…

Pueden parecerte simples,
vulgares o infantiles.
Puede que hasta pienses
que como yo, escriben miles.

Aún así, son mis palabras,
me las dicta el corazón.
Humildes, sin pretensiones…
De sencilla comprensión.

Y por eso yo las quiero,
porque de mí han nacido.
Cada frase es un reflejo
de todo lo que he vivido.

Y van dibujando el retrato
de una vida, que es la mía.
A veces en forma de prosa.
a veces de simple poesía.

No quieras hacerlas tuyas
pues nacen de mi inspiración
y solo yo soy la dueña
de ella y de mi corazón.

La voz de tus sentimientos
solo habla en tu interior.
Escúchala y, con orgullo,
hazte de ellos, trovador.

No me copies, sé tú mismo,
creador y autor como yo.
Piensa, siente, escribe, habla…
Pero con tu propia voz.
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miércoles, 21 de abril de 2010

Mis días malditos


Hay días
en que la primavera se marchita,
se transforma en escarcha el rocío
y la alegría no acude a mi cita.

Hay días
en que de mí misma soy prisionera
y desde el calabozo de mi pena
escucho el latir de la vida fuera.

Hay días
en que piso el borde del precipicio,
siento el vértigo de mirar abajo
e inmóvil, me recreo en el suplicio.

Hay días
en que todo me parece casi nada,
y la nada me aprisiona y me asfixia.
Enemiga invisible y despiadada.

Y esos días,
cuando pierdo el rumbo en mi camino,
el faro que me guía se apaga
y reniego de la fuerza del destino…

Esos días,
amigo, es cuando más te necesito
y preciso de la luz de tu mirada
alumbrando mis oscuros días malditos.
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domingo, 18 de abril de 2010

Sola frente a un café

La moche cubrió mi cama
con un manto de frialdad
y lento, el tic-tac del reloj
marcaba mi soledad.

Busqué con mis pies helados
los tuyos bajo las sábanas
y desperté acurrucada
junto a tu ausencia tirana.

Que me condena al exilio
de tu piel, y a la agonía
de saber que para siempre
mis mañanas serán frías.

Y fría es ya esta mañana
en que comienza el olvido.
Diría que tras la ventana
el mundo se ha detenido…

Se me enfría el café
y el alma se me congela.
Hoy preciso más que nunca
tus abrazos de franela.

A pequeños sorbos bebo
del recuerdo y del café.
¡Qué amargos que son los dos!
Qué dulce quien ya se fue…

Este silencio me habla
de abandono y de tristeza…
Quisiera odiarte y no puedo
pues de tu amor sigo presa.

Aún no me hago a la idea
de que ya no estás en casa,
si seré tonta que puse,
para el café, un par de tazas…

Se viste de gris la ciudad
y yo de días vacíos.
¿Porqué tras de ti, mi amor,
has dejado tanto frío?

Un par de lágrimas caen
y salpican mi café
y el cielo, tras los cristales,
llora conmigo también.

Voy a prepararme otro
y recogeré tu taza.
Sola, frente a uno solo,
veré como el día pasa.
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miércoles, 14 de abril de 2010

Vete al cuerno

Me juró amor eterno
pero le importaba un cuerno,
porque de cuernos sabía
más que perro en cacería.

Me coronó pronto y mal
que hasta en eso era animal.
Y ajena a mi condición
yo, en mi nube de algodón.

Aprendiz de ama de casa
y él cada noche de caza,
jugando con la primera
a médicos y enfermeras.

“¡Qué fastidio! Una cena…”
decía con cara de pena.
“He de ir, es el trabajo…”
Y corría escaleras abajo.

“Mujer… ¿es que estás ciega?
¿No ves como te la pega?”
Me dijo una amiga un día
harta ya de mi miopía.

Y descubrí, impotente,
lo que era tan evidente.
Sin gota de arrepentimiento
lo mandé a tomar viento.

“¡Tu amiga es una arpía!”
colérico repetía.
“¿Vas a creer a esa bruja?”
voceaba el muy granuja.

Y le di el pasaporte.
Y de mangas, un buen corte.
Me contuve del gustazo
de pegarle un buen guantazo.

Continué por mi camino,
libre ya de ese cretino,
hasta que un día en mi casa
apareció y dije “pasa”.

Me arrepentí al momento
pero ya estaba dentro.
Él, contándome sus penas.
Yo, sin escucharle apenas.

“Desde que no estoy contigo
vivir es como un castigo.
Todo va mal en mi vida…”
decía con voz afligida.

Seguía con su lamento
y yo me reía por dentro…
“Como se te ve el plumero,
lobo con piel de cordero…”

Terminó su conferencia
y también con mi paciencia.
Le dije: “Lo siento por ti.
La charla termina aquí”.

Y añadí: “Hace ya un año
me libré de tus engaños
y no pienso reincidir.
Cierra la puerta al salir”.

Callado y meditabundo
por fin salió de mi mundo.
Pensé: “Vete al cuerno.
O mejor… vete al infierno"
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lunes, 12 de abril de 2010

Si tú me lo pides

Puedo, si tú me lo pides,
de un salto llegar hasta el cielo,
llenarme las manos de estrellas
y bajártelas a ras de suelo.

Y que su brillo encienda tus ojos
que me duele verlos apagados,
bañados de oscura noche,
mirando solo hacia el pasado.

Puedo, si tú me lo pides,
llegar hasta el sol y robarle un rayo
y al frío diciembre de tu corazón
darle el calor de un tibio mes de mayo.

Con la ternura de su calidez
te arroparé y te haré un abrigo.
Hasta que ya no tirite tu alma,
hasta que dejes de ser tu enemigo.

Puedo, si tú me lo pides,
hacer un pacto con la luna llena,
que como un globo de luz ilumine
el negro pozo donde te hunde la pena.

Que te bañe el brillo de su luz
y para ti sonría cada noche.
Que su halo te bañe de plata
y se prenda en tu alma cual broche.

Puedo, si tú me lo pides,
descorchar la risa y en trago largo
ofrecértela hasta que ahogues
el recuerdo de un amor amargo.

Y si aún así nada es suficiente,
me sentaré a tu lado y contigo
lloraré tus lágrimas porque
tu pena es también la mía, amigo.
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miércoles, 7 de abril de 2010

Sábanas tendidas al sol

Era un impacto visual que casi me cegaba. Me obligaba a cerrar los ojos de golpe y a detener mi alocada carrera hacia ese cuartito del terrado donde mi abuelo tenía su taller de ebanista y en donde, a pesar de estar entregado en cuerpo y alma a su trabajo, estoy segura aguardaba mi llegada, alborotada y feliz, al regreso de la escuela.
Despacio, abría poco a poco los ojos hasta poder mirar de frente ese blanco cegador que ante mí, como una pared, me cortaba el paso y casi me obligaba a retroceder.

Cuando ésto sucedía, por unos momentos, sentía que mi territorio había sido invadido, que mi pequeño gran mundo al aire libre, en donde yo era la princesa de todos los cuentos, la aventurera más intrépida, la corredora más veloz a lomos de mi patinete, había sido ocupado por metros y metros de sábanas blancas que, en una alineación casi militar, me cerraban el paso.
También sabía que era viernes, día de colada en casa, día en el que las dos mujeres de la familia, mi madre y mi abuela, dejaban buena parte de su energía en esa pesada tarea de lavar enormes sábanas a mano.

Pero ya una vez aceptada como inevitable esa invasión territorial, llegaba incluso a olvidar a mi abuelo y, entusiasmada, me lanzaba a dar rienda suelta a mi imaginación, que no era poca, convirtiéndome en protagonista de mil fascinantes aventuras.
De repente, los estrechos pasillos que, entre sí, formaban las sábanas tendidas al sol se convertían, gracias a mi fantasía, en misteriosos pasadizos secretos de un castillo en donde yo me adentraba a la búsqueda de un tesoro. Minutos más tarde, se transformaban en estrechas gargantas de un desfiladero donde yo, en veloz carrera, escapaba de las fauces de algún monstruoso animal.

Aguerrida aventurera, intrépida amazona… Zigzagueando por entre las sábanas, con mis trenzas al viento y mis rodillas peladas, yo era siempre la heroína de alguna improvisada aventura que, por supuesto, siempre tenía un final feliz y en la que salía victoriosa e indemne de todos los peligros.
A veces, en el momento más emocionante de mis correrías, unas voces me detenían en seco y me obligaban a volver a la realidad. Era la voz de mi madre, o de mi padre, o de los dos a la vez, que me llamaban para comer. Mi aventura, entonces, abandonaba el mundo de la fantasía y se convertía en real. Y así daba comienzo otro juego que ya conocía.

Callada, casi sin respirar y sin apenas hacer un movimiento, esperaba a que me reclamaran de nuevo. Ignorando que mis diminutos pies asomaban por debajo de las sábanas, y suponiéndome tras de ellas totalmente a resguardo, aguardaba inmóvil.
Mis padres, convertidos en cómplices de mi juego y esquivando el pasar por donde yo estaba escondida, simulaban una desesperaba búsqueda de mi personita, preguntándose el uno al otro con un estudiado tono de preocupación en su voz: “¿Pero donde se habrá metido la niña?... No la veo por ninguna parte…”

Yo contenía una risa nerviosa y, como en un teatro de sombras chinescas, veía al trasluz de las sábanas la silueta de mis padres intentando encontrarme.
Y seguían: “Pues no consigo encontrarla… mira que si se ha ido…”
Mi nerviosismo iba en aumento a medida que sentía su proximidad y veía, por debajo de las sábanas, sus pasos acercarse a mí, ajena a que de la misma forma que yo los veía a ellos, ellos me veían a mí.
“¡Aquiiiiiiiiiiiiii!” gritaba la voz de uno de ellos, atrapándome al vuelo y alzándome por los aires mientras yo estallaba en carcajadas nerviosas y felices y observaba en sus rostros sonrisas de complicidad.

Y era entonces, una vez finalizado el juego, cuando me recreaba en algo que, sin saberlo yo entonces, se convertiría en una especie de ritual toda mi vida.
Delicadamente, paseaba mis manos por las sábanas todavía húmedas y que, mecidas por la brisa, parecían bailar al son de un ritmo lento y acompasado. Me impregnaba de ese peculiar olor a ropa limpia, a ropa recién lavada con jabón de pastilla y lejía. Un olor que se mezclaba con el aroma fresco y perfumado del aire primaveral. Un olor que me resultaba casi embriagador y que, para siempre, ha quedado grabado en mi memoria.

Han pasado muchos, muchos años. Hoy, en el terrado de mi infancia ninguna sábana me cierra el paso. Pero aún así, a menudo me detengo donde antes solía hacerlo y cierro los ojos. Es entonces cuando todavía creo oír la risa de una chiquilla y, si aspiro profundamente, me llega de lejos el olor inconfundible y limpio de las sábanas tendidas al sol

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martes, 30 de marzo de 2010

Hazme caso a mí

No me cuentes mil historias
ni me mires tan perplejo,
ni me des grandes consejos
con pomposas oratorias.

Discursos grandilocuentes
con palabras ampulosas...
¿Quieres que le ponga esposas
a quien vive libremente?

La cordura y el buen tino,
lo formal y lo sensato...
Tú sigues con tu relato
y a mí me importa un comino.

Lo establecido y correcto,
la lógica y la razón...
¿No sabes que mi corazón
no sigue un camino recto?

¿Que no atiende a razones,
que se pierde tras un sueño,
que suele fruncir el ceño
si no percibe emociones?

¿Que se escapa al galope
detrás de una locura
y que enferma de cordura
cuando no late a tope?

Tus estúpidas teorías
de ir siempre sobre seguro
me llevarían a un futuro
despoblado de alegrías.

Prefiero lanzarme al vacío
aún a riesgo de estrellarme.
Todo antes que asfixiarme
por un exceso de hastío.

Hazme caso ahora a mí
y despídete de tus normas.
Haz en tu mente reformas
y atrévete a ser feliz.

Desmelénate el corazón,
sucumbe a las tentaciones
y embriagado de emociones,
prende llama a la ilusión.
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martes, 23 de marzo de 2010

A los que más quiero

Perdonad, por favor,
coprotagonistas de mi vida
si alguna vez buscando una salida
os cerré la entrada, sin compasión,
a mi corazón.

Disculpad, por favor,
y tanto error no me tengáis en cuenta.
En demostrar amor siempre fui lenta
y obstinada en tener razón
en mi equivocación.

Sabed
que sin vosotros no sería quien soy,
que lo que ayer no os dí os entrego hoy
y aunque ya nada se pueda recuperar
os he de compensar.

Porque
no cayó en saco roto tanto amor.
Si ayer no supe apreciarlo en su valor,
hoy de cariño y gratitud me siento llena
y mi alma está serena.

Perdonad, por favor,
si en mi carrera por no alcanzar nada
dejé atrás la luz de una mirada
y no vi el tesoro, en mi prisa,
de una sonrisa.

Disculpad, por favor,
y gracias por ser parte de mi vida.
Hoy tengo la lección bien aprendida,
os dí muy poco y he recibido lo mejor,
vuestro gran amor.

Sois
quienes le dais sentido a mi existencia.
Jamás podré pagar tanta paciencia
por mi particular forma de ser
y de querer.

Sabed,
sois mi tesoro más preciado y querido
y aún a pesar de cien rarezas y un olvido
mi corazón nunca fue tan sincero
con los que más quiero.
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