martes, 21 de septiembre de 2010

Gracias...

Mis amigos queridos, gracias... mil gracias de todo corazón por vuestras cálidas palabras.
Es un verdadero lujo para mí contar con vuestro apoyo y sentiros tan cercanos, a pesar de los miles de kilómetros que nos puedan separar.
Sigo con mi descanso forzoso, alejada de mi blog, pero unida a vosotros por el lazo de la amistad y de la palabra.
Con todo mi cariño, como siempre.

Núria

jueves, 16 de septiembre de 2010

Descanso forzoso...

Mis queridos amigos,

debido a circunstancias familiares, debo hacer un paréntesis en la actividad de mi blog.
Tampoco me será posible seguir los vuestros y espero sepáis disculparme.
Confío en que este paréntesis sea breve y en poder retomar, de nuevo, el contacto con vosotros lo más pronto posible.
Mientras tanto, y esperando que no me olvidéis, aquí os dejo un abrazo enorme!

Con todo mi cariño,
Núria

sábado, 4 de septiembre de 2010

Dime que no lo soñe...

Y nos sorprendió la noche
sin apenas darnos cuenta
mientras sonaba, en el bar,
una melodía lenta.

A su compás, las palabras
danzaban entre mis labios
y los tuyos, tan cercanos,
tan confidentes y sabios.

Y de repente, el silencio,
entre unos viejos amigos
con dos tazas de café
como únicos testigos

de ese preciso momento
en que tú y yo, confundidos,
nos miramos de otra forma,
como dos desconocidos

que descubren a la vez
un sentimiento escondido
que, en brazos de la amistad,
había estado dormido.

Ruido y neón en la calle
y nosotros en una burbuja.
Tú, atrapado en mis ojos.
Yo, en tu sonrisa granuja.

Con estudiado descuido
tu mano rozó la mía
y, como un adolescente,
tú también te estremecías...

Ya entre risas nerviosas
por tan loco desatino
nos saboreamos hablando
de lo humano y lo divino.

Otro café, y uno más,
luego dos copas de vino…
¿Fue un quiebro del azar
o una broma del Destino?

Torbellino de emociones
que acabó por engullirnos
lanzándonos, debutantes,
al juego de seducirnos.

Bebimos el uno del otro,
excitante bebedizo
que nos llegó a embriagar
mientras duró el hechizo.

Sin ni siquiera tocarnos
fuimos el uno del otro
galopando en fantasías
como desbocados potros.

Hasta que el reloj volvió
con su puntual realidad
a devolvernos al mundo…
¿Fue un sueño o fue verdad?

Balbuceaste un “nos vemos”
Mentí un “te llamaré”
“A mí me esperan en casa...”
“Y a mí una cita a las diez…”

Pretendimos con un beso
despedirnos como antes
pero ya no eras mi amigo
ni tampoco eras mi amante…

Y esquivando nuestras bocas
por lo que no podía ser
nos besamos con los ojos…
Jamás nos volvimos a ver.

Dime que no lo soñé,
que no fue un espejismo,
que en ese abrazo del tiempo
tú y yo sentimos lo mismo.
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jueves, 26 de agosto de 2010

¡¡Baja, loca!!

Me había prometido a mí misma no hacerlo, me había autoconvencido de que nada ni nadie podrían obligarme a ello, y de que un “no” rotundo y tajante, acompañado de una mirada fulminante, bastarían para impedirlo.
Me dije que ya son suficientes las cosas que la vida nos obliga a hacer contra nuestra voluntad como para tener que añadirle una más.
¡Vamos, hombre… hasta ahí podíamos llegar!
Y hasta ahí llegué. Hasta el maravilloso Parque Nacional del Timanfaya, en Lanzarote, dispuesta a disfrutar de una de las excursiones más bonitas que he hecho en mi vida, percances e incidencias aparte, y con el firme propósito de mantenerme fiel a mi decisión.
Pues no. No pude evitarlo. De hecho, ni siquiera tuve la oportunidad de manifestar mi determinación.
Mi voluntad poco o nada pudo contra unos cincuenta compañeros de viaje que, rebosantes de entusiasmo, descendían velozmente del bus turístico armados, cual pelotón de combate, con cámaras y vídeos hasta los dientes y que, como si les fuera la vida en ello, se lanzaban en frenética carrera hacia una larga fila de camellos que, sentados plácidamente en una de las laderas del Timanfaya, parecían esperar resignados la avalancha humana que se les venía encima.
Casi me arrollan. Los camellos no, los turistas.

Ávidos del típico paseo a lomos de un camello y de la consabida foto de rigor para la posteridad, se apiñaban desordenadamente alrededor de los animales, esperando impacientemente que el camellero les acomodara en sus lomos. Todos se apelotonaban para ser de los primeros, como si temieran que los camellos huyeran en estampida y perderse la oportunidad de tan trepidante aventura, algo que a mí me hubiera ido de perlas y que llegué a desear con todas mis fuerzas.
Aunque difícil hubiera sido porque, a decir verdad, casi los tenían acorralados a los pobres animales…
Todos aguardaban, impacientes y expectantes, el gran momento de subirse en ellos.
Todos, menos yo.
Me quedé rezagada. Primero, porque mi entusiasmo por esa obligada aventura turística era totalmente nulo y, segundo, en la confianza de que mi ausencia pasara desapercibida.
Fue un inútil y vano intento.
Había logrado resistir a la tenaz insistencia de Joan y convencerle de que a mí los animales me encantan, pero siempre vistos desde tierra firme. Aún así, él seguía mirándome como a una alienígena ante mi negativa a encaramarme a lomos de aquel animal, mientras yo seguía inamovible en mi férrea decisión.
Casi le había convencido ya, casi, cuando toda mi argumentación se fue al traste al sentir la fuerte presión en mi brazo de los dedos de un resolutivo camellero que, sin encomendarse ni a mí ni a nadie, me arrastraba hacia uno de los camellos y, con rapidez meteórica, me sentaba en una de esas diminutas e incomodísimas sillas que colgaban a ambos lados de su enorme joroba.

Cric, crac… y ya me había atado a la silla con la celeridad propia de quien hace esa misma operación cientos de veces al día y obviando totalmente si yo quería o no montarme en ese cuadrúpedo. Ni me preguntó ni esperó respuesta. Me dejó allí sentada y con cara de boba. Y se fue.
Al otro lado de la joroba, en ostensible desnivel con relación a mí por sus casi veinte kilos de más, Joan sonreía más feliz que un anís.
Mal empezaba el día y pintaba seguir peor. Ignorante de los fuertes vientos que suelen soplar en esa isla, maldije una y mil veces mi escueto pantalón corto y mi veraniega camiseta de tirantes mientras hacía verdaderos malabarismos con un finísimo chal que pretendía colocar sobre mis hombros pero que apenas podía sujetar por la intensidad del viento.
Me acordé de Isadora Duncan y su triste final…
Y en esos agradables pensamientos andaba yo cuando llegó el momento tan ansiado por todos y tan temido por mí. Los camellos, dócilmente y a un grito ininteligible del camellero, fueron levantándose uno a uno, en un sincronizado orden.
Empecé a contar… el primero, el segundo, el tercero…
Seguía sin comprender la alegría de los que ya se encontraban colgados en el aire.
El noveno, el décimo… uno tras otro iban poniéndose en pie y se acercaba ya el turno del mío, situado más o menos en la mitad de la fila.

Y me tocó. ¡Ale hop! y…
Y en ese momento hice el ridículo más espantoso.
Yo, persona amante de pasar desapercibida, me asusté hasta de mi propio grito, que salió de lo más hondo de un corazón que sentía desbocado y que, por un momento, pensé que se escapaba por mi boca abierta…
¿¿¿Por qué nadie me había dicho que los camellos no se incorporan sobre sus cuatro patas a la vez, sino que lo hacen sólo sobre las traseras??? ¿¿¿Por qué había sido tan estúpida de no haberme fijado nunca en ese pequeño detalle???
Mi camello, fiel a su genética, por supuesto también lo hizo y en un par de segundos mi silla, hasta entonces en una relativa y segura perpendicularidad al suelo, se elevaba por los aires alcanzando una peligrosa inclinación que me colocaba de espaldas al cielo y de cara al suelo, mientras las larguísimas patas del animal seguían incorporándose.
Más que un grito, era un aullido lo que seguía saliendo por mi boca... Es muy posible que todavía resuene mi eco en la tranquilidad de ese valle.
Mi camello, imperturbable, ni se inmutó ante mi histérico ataque de pánico. Evidentemente, fue el único porque Joan, mirándome como a una poseída, me fulminaba con la mirada a la vez que me preguntaba porque chillaba de “esa” manera mientras el camellero, con una mezcla de enfado y susto en su cara, acudía rápido a mi alarido preguntándome en tono recriminatorio: "¿¿¿Se puede saber qué le pasa, señora????”

Sentí sobre mí las miradas burlonas de cientos de ojos y en ese momento, si mis temblequeantes piernas me lo hubieran permitido, habría saltado del camello para que me tragara rápidamente la tierra, esa tierra que minutos antes pisaba con toda seguridad y que ahora veía tan lejana de mis pies…
Pero tampoco esto funcionó, porque seguía atrapada en esa maldita silla y, para colmo de mis males, ahora sí empezaba a moverse la caravana.
Y comenzó la lenta ascensión por la ladera, al inestable vaivén de los pasos del camello. A medida que íbamos subiendo, el viento arreciaba más y a la mitad de la subida, yo era ya una especie de ovillo acurrucado en el asiento, luchando desesperadamente para que el fuerte viento no me arrancara el chal con el que, inútilmente, seguía batallando para proteger mi cuerpo del frío. Menos la cara, que todavía me ardía por la vergüenza pasada, el resto estaba helado.
A pesar de todo, por unos minutos y dada la lentitud del ascenso, conseguí relajarme un poco y hasta llegué a esbozar una leve sonrisa imaginándome qué negro porvenir hubiera tenido como beduina.

Poco duró, sin embargo, mi relativa tranquilidad cuando observé que, de repente, a mi camello le había entrado prisa. Quizás se dio cuenta de que llegaba tarde a una cita, quizás se creyó el Fernando Alonso de la caravana o quizás, simplemente, quería martirizar un poco más a la patética pasajera que llevaba a cuestas… El caso es que, no conforme con seguir la ordenada fila, empezó a acelerar el paso, intentando adelantar al camello que le precedía, uno de cuyos asientos iba ocupado por un niño que, en cuanto vio el hocico de mi camello sobre su hombro, empezó a llorar histéricamente. Su madre, en el asiento de al lado, intentaba calmarlo sin resultado alguno mientras él, convertido ya en la banda sonora de la caravana, me miraba de forma acusadora.
Genial. Todo estaba saliendo redondo...
¿¿¿Y qué demonios pretendía mi camello con su inusitada prisa????
Clavé también en él la más terrible de mis miradas que, por supuesto, ni vio y, saltándose olímpicamente las más elementales normas de circulación, comenzó a adelantar al camello de delante por la derecha, algo que a éste no le gustó nada, pues empezó a empujarlo hasta dejarlo casi al borde de la ya elevada pendiente de la ladera…
Miré hacia abajo y, a la vista de la altitud en la que nos encontrábamos, sentí que mi frío desaparecía repentinamente para transformarse en sudor. En sudor frío, claro.
¿¿¿Dónde demonios estaba el camellero para frenar a mi acelerado camello??? me preguntaba mientras él y su rival seguían pugnando por una mejor posición.

Y con esta disputa animal, llegamos a la cima. Una breve parada para contemplar el imponente paisaje que se extendía frente a nosotros fue, para mí, el mejor momento del recorrido. Reinaba el silencio, los camellos estaban quietos… Incluso el fuerte viento parecía haber amainado. Por unos instantes, llegué a pensar que estaba tocando de pies al suelo.
Poco duró, sin embargo, tan hermosa sensación. A un grito, otra vez ininteligible, del camellero la caravana se ponía nuevamente en marcha para iniciar el descenso.
Volvía a soplar el viento con intensidad y yo, de nuevo, retomaba mi interrumpida batalla con el chal, que ahora se vengaba de sus intentos frustrados de huida enroscándose a mi cuerpo como una serpiente. Mientras, los camellos, más ligeros en su descenso, iniciaban un trote que a mí se me antojó casi suicida y que hacía bambolear con fuertes sacudidas las enclenques sillas en las que íbamos sentados. A cada paso del camello, mi martirizada columna vertebral se estampaba contra el metálico respaldo del asiento y casi podía imaginarme a mis maltrechas vértebras maldiciéndome…
Mi camello, por supuesto, seguía con la misma prisa de antes.
Arriba, abajo, arriba, abajo…. el vaivén del trote marcaba las subidas y bajadas de mi asiento de tortura y yo no veía el momento de tocar de pies al suelo, aunque difícil me resultaba poder ver nada porque, a esas alturas, yo era ya una maraña de chal y cabellos que cubrían, prácticamente, mi cara.

Se me hizo eterno, pero por fin llegamos al punto de donde habíamos partido mientras yo procedía, pacientemente, a apartar el enmarañado cabello de mi cara y a desenroscar el chal que, juguetón con el viento, casi me había envuelto medio cuerpo y me daba el aspecto de una momia montada en un camello...Mi imagen de seductora aventurera hubiera echado para atrás al mismísimo Indiana Jones.
De tal guisa llegaba yo al final de mi suplicio.
Uno a uno, los camellos se colocaron de nuevo en fila para, ordenadamente, y a la siempre ininteligible voz del camellero, empezar a sentarse para que sus pasajeros, ya desbordados por un entusiasmo colectivo, descendieran.
Todos se sentaron. Todos, menos el mío. Estaba claro que algo tenía en mi contra o que se estaba vengando de mi aullido…
Me imaginé el espectáculo… Decenas de camellos, ya libres de su carga, sentados plácidamente en el suelo y, en medio de ellos, desafiante y rebelde, el mío, obstinado en seguir sobre sus cuatro patas. Yo, colgada todavía en los aires, ya casi me había librado del maldito chal.
Por fin, tras segundos que me parecieron horas, el camellero de incomprensibles órdenes se dirigió hacia nosotros. De nuevo con señales evidentes de enfado en su rostro, no se si por el camello díscolo o por verme a mí, le lanzó uno de sus enigmáticos gritos.
Nada. Como si no fuera con él. Mi camello seguía en pie. No había duda... aquello era una venganza. Primero la del chal y ahora la del camello. ¿Se vengaría el niño llorón también de mí?
Un nuevo grito, esta vez más fuerte y totalmente comprensible:
“¡¡Baja, loca!!”

Y entonces funcionó. Como mágico conjuro, esas dos palabras bastaron para que mi camello por fin, lenta y pausadamente, se sentara.
Más que bajar, casi me tiré al suelo mientras, para mis adentros, me preguntaba si esa orden había ido dirigida al camello o a mí...
A punto estaba de preguntarle al siempre enfadado camellero cuando me topé, por primera vez, con su sonrisa. Eso sí, burlona. Tanto, que opté por callarme.
Preferí ignorar la respuesta. Ya en tierra firme, recompuse como pude mis cabellos, guardé mi chal en lo más hondo de mi mochila y, con la mayor dignidad posible, me alejé cuan rápida pude, sin despedirme, del camello.
Prometo volver a Lanzarote, isla que me enamoró. Si alguna vez me pierdo, es posible que me encontréis allí, entre su cielo azul, sus blancas casas y su negra tierra... Pero también prometo, y al Timanfaya pongo por testigo, que nunca más volveré a subirme a un camello.

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martes, 27 de julio de 2010

Un descanso...

Mis musas y yo hemos acordado, en pleno extraordinario, tomarnos unas pequeñas vacaciones. No sé si merecidas pero sí deseadas por ambas partes. Por lo tanto, no ha sido necesaria mucha deliberación.

Yo, sé que estaré de regreso en dos semanas, y espero que ellas estén esperándome a la vuelta, que las conozco muy bien y sé que son amantes de escapadas imprevistas y sin previo aviso…
Confío, pues, en que su billete sea también de ida y vuelta.

Mientras tanto cierro, pero no echo la llave, para que podáis entrar y salir cuando os apetezca y, de paso, echar un vistazo a ésta mi casita virtual, que también es la vuestra.
Sé que queda en buenas manos.

Un gran abrazo a tod@s y… hasta pronto!
Núria

viernes, 23 de julio de 2010

Un cuento (para leer con tiempo y detenimiento)

Érase una vez que se era
un día de primavera
y Martita, niña bien,
entre sábanas de satén

se despierta dulcemente
mientras le viene a la mente
que tiene cita a las tres
con el nieto de un marqués.

Rebelde, inconformista
y endiabladamente lista
se niega a, por dinero,
ser una mujer florero.

Y no le apetece mucho
quedar con ese blanducho
que, arrogante y charlatán,
tiene ínfulas de donjuán.

Dueño de una gran fortuna,
de muy noble y alta cuna…
¿¿Y dicen que es un buen partido??
¡Si es un muermo de aburrido!

Su incansable verborrea
me deprime y me marea
y su título nobiliario…
ufff…¡me pesa como un armario!

Triste sería mi destino
viviendo con ese cretino
con quien me quieren casar,
en verano a más tardar.

Mas por mucho que a mis padres
no les gusten mis desmadres,
mejor sola y divertida
que con él y aburrida.

En fin…¡qué le voy a hacer!
Iré con él a comer.
Tendré contento a mi padre
e ilusionada a mi madre.

Cumplo y aguanto un ratito
y luego me largo a un garito
de copas con mis amigos…
¡Si el plasta no acaba conmigo!

Y en éstas anda Martita
mientras acude a la cita,
monísima, al volante
de un coche despampanante.

Y llega al restaurante.
Por supuesto, elegante.
Sin prisa por bajar del coche
y ver a ese fantoche

cuando alguien golpea el cristal.
“Seguro aparqué mal”…
Y levanta la mirada
con sonrisa educada.

Y topa con esos ojos,
y siente sus huesos flojos…
Colgada de esa mirada
se queda hipnotizada.

“Si quiere darme la llave…”
le dice una voz suave,
“le aparco el coche aquí al lado,
en nuestro parking privado”

Y sigue de forma cordial
el portero del local
hablando, mientras Martita,
ya se olvidó de su cita.

Hasta que él también se calla
pues siente como metralla
la mirada de esa chica
cuyo delito es ser rica.

Sus ojos en los de ella
ya han dejado su huella,
y los de ella en él
han encendido su piel.

Segundos que parecen horas
mientras algo nuevo aflora
entre dos desconocidos
sorprendidos por Cupido.

Él siente un escalofrío
cuando se lanza al vacío
para decirle al oído:
“Me has dejado sin sentido…”

Y ella tartamudea…
Y por fin, parpadea
cuando le dice, bajito,
“Y yo perdí el apetito…”

“Si quieres te aparco el coche
bajo la luna, esta noche”
dice él y ella asiente
sintiéndose ya impaciente.

Y atrás queda el nieto,
su dinero y su careto.
Por delante, la aventura
del deseo y su locura.

Pasan días y semanas,
de boda ya no hay campanas...
Martita está en otro mundo
y su padre, furibundo.

“¿¿Cómo ha dejado escapar
a tan valioso ejemplar??”
Y la madre, con tristeza,
dice adiós a la nobleza.

Y así hasta que un buen día
Martita, con alegría,
habla a sus progenitores
del amor de sus amores.

La noticia causa impacto
y los deja estupefactos.
“¿Y es alguien de la nobleza?”
preguntan con sutileza…

“Él mismo os va a contestar,
que ya no puede tardar”
Los padres, con la boca abierta,
y suena el timbre de la puerta.

“¿¿Se ha vuelto loca o qué??
¡Yo sin pastas para el té!”
grita nerviosa la madre.
Boquiabierto sigue el padre.

Y Martita, ufana y radiante,
hace su entrada triunfante.
“Os presento a Babukar,
con quien me quiero casar”

Silencio en el salón…
Y luego, la explosión.
“Pero, Martita….¡¡es negro!!”
brama el futuro suegro.

“Papá, ya me dí cuenta”
responde ella, contenta.
“Pero le quiero a él
con su alma blanca y su negra piel”

El padre, rojo de ira,
con desprecio se lo mira.
La madre no dice nada.
Ha caído desmayada.

Y el novio, con calidez,
habla por primera vez…
“Señor, créame, soy sincero.
Martita es lo que más quiero”

“¡Tú cállate, embustero,
sólo quieres su dinero!”
grita iracundo el padre
mientras vuelve en sí la madre.

“¡De mí no veréis un duro,
por este negro lo juro!”
Y le clava una mirada
despectiva y airada.

“No lo queremos, señor.
Nos basta con nuestro amor
y el poco o mucho dinero
que gano como portero”

“Portero de un restaurante
de lujo y muy elegante”
precisa Martita, orgullosa,
mirando a Babukar melosa.

“¡Pues ya veis cuanto me alegro…
Don nadie y encima negro!”
dice el padre con cinismo.
“¡Salid de casa ahora mismo!”

Martita, por primera vez,
responde con tirantez.
“Sabed que si cruzo esa puerta
ya podéis darme por muerta”

“Y si despreciáis a quien quiero,
lo hacéis al hijo que espero”
Y se van, dando un portazo.
Y tras la puerta, un abrazo.

Dentro, el futuro abuelo
levanta a su mujer del suelo
que otra vez cae desmayada
mientras grita: “¡¡embarazada!!”

Pasan días y semanas
y Martita ensaya nanas
mientras Babukar, risueño,
cree estar viviendo un sueño.

Con su sueldo de portero,
amor y mucho esmero
transforman en paraíso
un viejo y pequeño piso.

Palacio donde son reyes
y ellos marcan sus leyes
y donde, desde hace un mes,
en vez de dos ya son tres.

Y colorín colorado…
¡este cuento se ha acabado!


Ah…¿queréis saber si fue
niño o niña el bebé?
Fue una niña y, si os soy franca,
me encanta se llame Blanca…

Muñeca de piel morena
que, feliz, ríe ajena
a esa estupidez tan cruel
que juzga el color de la piel.

¿¿Y dónde están los abuelos??
¡Pues en el séptimo cielo!
Él con Blanca en sus brazos.
La abuela, en su regazo.

Que al final venció el amor
en la guerra del color.
Y el amor, como las flores,
luce bello de colores.

Babukar, con su familia,
de más de uno es la envidia
y al que mira con desdén,
Martita ríe y piensa: “¡que le den!”

Los abuelos, de babeo,
lucen nieta en su paseo.
Les miran de arriba a abajo
y les importa un carajo.

Y ahora sí… colorín colorado
este cuento ha terminado.
Que aún sin comer perdices,
os juro, fueron felices.
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jueves, 15 de julio de 2010

Vuestra guerra

Qué absurda guerra la vuestra
que os enfrenta a diario,
que no os concede tregua
ningún día del calendario.

Que os separa y mutila,
que os divide en dos bandos,
que hace de cada palabra
punzante y mortal dardo.

Que levanta entre vosotros
muros cada vez más altos
que no os permiten siquiera
oir vuestro propio llanto.

Que arrasa con el amor,
que siembra odio a su paso
y os encierra en la cárcel
de vuestro propio fracaso.

Batallas que engendran odio
y avivan vuestro dolor.
Dos corazones partidos,
vencidos por el rencor.

Qué absurda guerra la vuestra…
No hay vencedor ni vencido.
Si acaso, sólo el recuerdo
de todo lo que habéis perdido.
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lunes, 5 de julio de 2010

Otro mundo

Si dejaras de mirarte el ombligo,
de sentirte el astro rey del universo
entre un séquito de falsos amigos
que te siguen porque nada te es adverso.
Si apartaras la mirada de tí mismo,
si olvidaras por un día tu egoísmo…

Si recordaras que no lejos de tu mundo
hay otro, de pobreza, moribundo.

Si bajaras de tu trono de altivez
y miraras a los ojos, sin desprecio,
de quienes solo poseen su honradez,
y que no venden bajo ningún precio.
Si supieras de esa gente tan sencilla
que no se ciega ante el oro que brilla…

Que no sabe de valores ni de acciones,
ni de mercados a la alza o de inversiones.

Si aparcaras ese día tu codicia
y el negro halo de tu lujo insultante,
si rompieras el saco de tu avaricia
y repartieras entre tus semejantes
lo que te sobra y a ellos tanto falta
y, aún así, llevan la frente alta…

Tendrías menos fortuna entre tus manos,
menos ceros en tus cuentas bancarias.
Ganarías un diez como ser humano,
y la riqueza de un alma solidaria.
Ya ves, posees de todo en tu opulencia
pero te falta lo esencial. La conciencia.

Recuerda que no lejos de tu mundo
hay otro, de pobreza, moribundo.
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martes, 29 de junio de 2010

El vestido de novia

No era algo que pasara cada día. De hecho, sucedía esporádicamente y, quizás por eso, la espera hasta que surgiera una nueva oportunidad se tornaba eterna e impacientemente deliciosa…
Lo tenía guardado en el rincón más oculto del armario, el menos accesible a miradas y manos curiosas como las mías. Allí donde se guardan los pequeños secretos que, casi siempre, suelen formar parte de grandes recuerdos. Cuidadosamente envuelto, delicadamente protegido por sábanas y toallas, cual cálidos centinelas, guardaba mi madre su vestido de novia.
No recuerdo exactamente como ni cuando fue, pues vivía yo una época de mi vida de grandes y contínuos descubrimientos pero, evidentemente, dí con él y tal hallazgo fue uno de los más maravillosos que recuerdo. Tampoco consigo acordarme de la primera vez que me lo puse, pero sí tengo bien grabados en mi memoria muchos de los momentos mágicos y de ensueño que me proporcionó.

Era de raso, de un blanco radiante y con un ligero brillo que, a mis ojos, lo hacía casi irreal. Recreándome en su suavidad, deslizaba mis dedos por él acariciándolo con el mismo cuidado y admiración que quien acaricia una joya.
Y como tal lucía en el bonito cuerpo de mi madre que, resplandeciente, sonreía feliz del brazo de mi padre el día en que se casaron. Las fotografías de la boda, que nunca me cansaba de mirar, daban fe de ello.
Realmente, parecía una diosa.
Y yo, escuchimizada mortal, llegaba del colegio y me encontraba en ese delicioso espacio de tiempo en que, sin obligaciones escolares ni domésticas, estaba solo a merced de mi fantasía, la cual me lanzaba a aventuras entre sábanas tendidas al sol, a galopar frenéticamente sobre un patinete como salvaje amazona o a ser una encantadora princesa de cuento de hadas.
Cuando mi imaginación se decantaba por lo último, sabía perfectamente hacia donde encaminar mis pasos para dar forma a mis ensoñaciones.
A la habitación de mis padres.

Allí, el ritual era siempre el mismo. Me dirigía al armario que albergaba el preciado objeto de mis deseos y, con toda la delicadeza de que yo era capaz, tanteaba con mis manos en su interior hasta dar con el vestido. Acto seguido, lo depositaba sobre la cama de mis padres como si de una obra de arte se tratara y, sin poder apartar mis ojos de él, me despojaba apresuradamente de mi monótona ropa escolar para, con un cuidado extremo, introducirme en aquella maravilla de vestido. Finalmente, abría una de las puertas del armario, cuya parte interior tenía un espejo de cuerpo entero, y era entonces cuando se levantaba el telón y la magia entraba en escena…
Poco importaba que me lo pisara, poco importaba que me sobraran centímetros de tela por todos los lados. Era evidente que ese vestido solo podía lucir con todo su esplendor en el cuerpo de mi madre pero, aún así, mi imaginación, piadosa y benevolente conmigo misma, se encargaba de rellenar todos los huecos vacíos, que no eran pocos.

Un rayo de sol se colaba en la habitación a través de la ventana y, como una varita mágica, se posaba sobre el vestido haciéndolo aún más deslumbrante. Mirándome en el espejo con los ojos de la fantasía, veía a la niña flacucha y desgarbada convertida ya en la más hermosa de todas las princesas.
La alcoba se transformaba, entonces, en un gran salón de baile donde yo era el centro de todas las miradas y en donde un imaginario y apuesto príncipe, rendido ante mi belleza, me rogaba bailara con él. Yo, por supuesto, accedía a su petición y, graciosamente, le tendía mi mano para iniciar el baile…
Un, dos, tres… un, dos, tres… danzaba sobre mi cuerpo al compás de un vals que solo sonaba en mi cabeza, procurando no tropezarme con la falda del vestido y abrazada a un irreal príncipe, ya totalmente prendado de mí.
Y seguía bailando…
Un, dos, tres… un, dos, tres… cada vez más vertiginosamente, contemplándome de reojo en el espejo y dando vueltas y más vueltas, hasta que la habitación giraba conmigo y debía detener mi baile, exhausta y tambaleante.

Era un breve espacio de tiempo, muy corto, duraba apenas unos escasos minutos, pero a mí me sabían a eternos porque en el mundo de mi fantasía no existía el tiempo ni, mucho menos, se medía.
Mi madre, sin embargo, sí sabía de tiempos y horarios y era su voz, llamándome a comer, la que me obligaba a regresar de nuevo a la realidad y poner fin a mis ensoñaciones. Como Cenicienta a las doce de la noche, abandonaba precipitadamente el vestido y volvía a enfundarme en mi uniforme escolar que, en ese momento, me parecía más feo que nunca. Y yo también.
Pasaban los años y, a medida que iba creciendo, mi cuerpo se iba ajustando más a las medidas del vestido. Seguía poniéndomelo, siempre que mi fantasía me lo reclamaba, aunque cada vez más esporádicamente.
El inexorable paso del tiempo, finalmente, me sumergió de lleno en el mundo adulto. Dejé atrás mi niñez y de bailar al son de imaginarios violines y con inexistentes príncipes, porque en mi vida ya empezaban a asomar otros más reales de carne y hueso...
Inevitablemente, dejé atrás el vestido y me olvidé de él.

Pasaron muchos años sin apenas recordarlo, salvo cuando ojeaba el álbum de bodas de mis padres. Al verlo, era como si una lucecita del desván de la memoria se encendiera, para volver a apagarse una vez vistas las fotos.
Hasta que un día, por casualidad, me lo encontré de nuevo en mis manos.
También en el vestido el tiempo había causado estragos pero, aún así, me seguía pareciendo tan suave, tan blanco y maravilloso como años atrás. Volví a acariciarlo con mis dedos, como solía hacer en mi niñez y, de nuevo, mi fantasía me tomó de la mano para mostrarme a esa niña soñadora y delgaducha que bailaba un vals al son de una música que solo sonaba en su cabeza, en un salón de baile imaginario y en brazos de un príncipe inexistente.
Solo el vestido y yo, supervivientes del tiempo, seguíamos siendo reales.

Mi madre sigue guardándolo en el mismo rincón del armario, con el mismo cariño y ternura que antaño. Yo lo sé, pero es muy posible que ella no se acuerde.
Nunca más he vuelto a preguntarle por él. Para mí es parte de mis fantasías de niña y, como tal, lo recuerdo con ternura. Para ella, de su vida real, en la que ya no puede sonreír, deslumbrante, del brazo de mi padre, su príncipe azul.
Y este recuerdo duele.

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jueves, 24 de junio de 2010

Triste noche de Sant Joan

Mi blog enciende una vela por las doce víctimas del trágico accidente de esta noche de Sant Joan.
Me uno al dolor que ahora mismo están viviendo tantas personas y lloro con ellas.

sábado, 19 de junio de 2010

Remedio infalible

Cuando me duele el alma,
mi corazón se resfría,
se me cansa la ilusión
o me cojea la alegría…

Tengo un remedio infalible,
ideal para estas dolencias.
Lo puedes dosificar
a tu propia conveniencia.

Sólo precisas del cielo
y desnudarte de prisas.
Aún es más efectivo
si te acaricia la brisa…

Acomódate en un lecho
de hierba fresca o de arena
y abre tu corazón
para que salga la pena.

Elige de entre las nubes
aquella que más te guste…
La de algodón más blanco,
la que a tus sueños se ajuste.

Y llega volando hacia ella
con las alas de tu mente.
Mécete en su regazo
y, desde sitio preferente,

observa el mundo y sus gentes,
encaramada en el cielo.
Mira que pequeño es todo
y que alto es tu vuelo…

Lanza al vacío problemas,
libérate de tu lastre,
que ni son tantas las penas
ni tu vida es un desastre.

Y, ligero como esa nube,
regresa de nuevo al suelo
a paladear la vida
como un dulce caramelo.

Es medicina efectiva,
y sin contraindicaciones,
especialmente indicada
contra anemia de ilusiones.

No precisa de receta,
no hay efectos secundarios
y, aunque crea adicción,
puedes tomarla a diario.
Safe Creative #1006196633014

lunes, 14 de junio de 2010

Ruptura

Será inútil
venir a recoger todas tus cosas
y pretender, con paso apresurado,
meter en bolsas pedacitos del pasado.

Porque aunque dejes vacía esta casa
jamás podrás llevarte tu esencia
que llena ya los huecos de tu ausencia.

Será absurdo
aparentar una fingida indiferencia
y, como si nada, haciéndome la dura,
querer bromear a costa de nuestra ruptura.

Intentar empaquetar risas y besos…
Lo siento, eso queda aquí conmigo.
Concede ese derecho a tu enemigo.

Será mentira
decir que seguiremos siendo amigos
y que a pesar de que todo ha terminado,
si te preciso, correrás siempre a mi lado.

Mejor será, pues, que evitemos disimulos,
palabras huecas y frases de cumplido
justificando lo que no pudo haber sido.

Será difícil
que me escondas esa lagrima furtiva
y que no tiemble mi voz en el momento
de poner punto y final con un “lo siento”.

Y vete ya…
Que tengas suerte, que la vida te sonría
y hagamos breve el momento del adiós.
Ya es tuyo y mío lo que antes fue de dos.
Safe Creative #1006146593535

viernes, 11 de junio de 2010

No me rindo

Tristeza, que me acorralas,
desánimo, que me rondas,
nostalgia, que me acechas,
pena, que te clavas honda…

Cubiertos de un manto gris
y con pasos fantasmales
danzáis a mi alrededor
como ávidos chacales.

No me asustan vuestras garras
y sé huir de vuestras fauces
porque no soy presa fácil
que se dobla como un sauce.

Nunca os dejéis engañar
por mi frágil apariencial,
que a vuestros feroces ataques
sé oponer resistencia.

Tal vez pueda flaquear
ante la fortuna incierta,
que un golpe me deje herida…
mas sabed que no estoy muerta.

Pues sigo pisando fuerte,
y solo me hacéis cosquillas,
que llevo un pirata dentro
y os pasará por la quilla.

Soy firme como una roca
y aunque a veces bese el suelo
tomo fuerzas de mí misma
y emprendo de nuevo el vuelo.

Sabed que nunca me rindo,
verdugos de la alegría,
pues ya veo salir el sol
tras vuestra estampa sombría.
Safe Creative #1006106563684




martes, 8 de junio de 2010

Sigo creyendo...

Yo sigo creyendo en la palabra,
la más potente de las armas disuasorias,
indiscutible aliada de la paz
y, entre guerras, la única victoria.

Yo sigo creyendo en el derecho
inalienable de todo ser humano
de alzarse contra el yugo opresor
de dictaduras al servicio de tiranos.

Yo sigo creyendo en el poder
de la cultura, que nos une y nos libera
de embusteros, impostores y farsantes
que hacen de la mentira su bandera.

Yo sigo creyendo en la honradez
como único armamento de defensa
contra esa legión de mercenarios
de la justicia, charlatanes sin vergüenza.

Yo sigo creyendo en la fuerza
de los ideales e incluso de utopías
y de quienes, sin manchar sus manos blancas,
los defienden con coraje y valentía.

Yo sigo creyendo en la igualdad
por encima de credos, colores y banderas,
y en la tolerancia, idioma universal,
que con su voz derriba muros y fronteras.

Yo sigo creyendo en el respeto,
camino llano hacia la convivencia,
y en un ejército de hombres y mujeres
marchando al son de paz de su conciencia.
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martes, 1 de junio de 2010

Maldito blues

Llora el saxo mientras suena esta canción,
una lágrima escondida en cada nota
y, sin aviso, se cuela en mi corazón
con su música desgarrada y rota.

Hay un viaje al pasado en su llanto,
con billete de ida sin regreso
a ese tiempo en que nos quisimos tanto
que llegamos a querernos con exceso.

Hay tristeza en el alma de este blues
que acompaña esta soledad de dos.
Ya no hay magia en esta cena a media luz
y el silencio habla a gritos de un adiós.

Y jugamos a esquivarnos la mirada
por temor a descubrir a dos extraños.
Esta noche de verano es helada
y el lamento de este saxo me hace daño.

Si parece que fue ayer cuando, abrazados,
nos vio la luna bailar esta canción.
Dime, al menos, que no lo has olvidado
ahora que, lento, se baja el telón.

En el aire, un acorde suspendido,
nota final que suena a despedida.
Maldito blues, una vez más has sido
banda sonora de un trocito de mi vida.
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