
Lo tenía guardado en el rincón más oculto del armario, el menos accesible a miradas y manos curiosas como las mías. Allí donde se guardan los pequeños secretos que, casi siempre, suelen formar parte de grandes recuerdos. Cuidadosamente envuelto, delicadamente protegido por sábanas y toallas, cual cálidos centinelas, guardaba mi madre su vestido de novia.
No recuerdo exactamente como ni cuando fue, pues vivía yo una época de mi vida de grandes y contínuos descubrimientos pero, evidentemente, dí con él y tal hallazgo fue uno de los más maravillosos que recuerdo. Tampoco consigo acordarme de la primera vez que me lo puse, pero sí tengo bien grabados en mi memoria muchos de los momentos mágicos y de ensueño que me proporcionó.
Era de raso, de un blanco radiante y con un ligero brillo que, a mis ojos, lo hacía casi irreal. Recreándome en su suavidad, deslizaba mis dedos por él acariciándolo con el mismo cuidado y admiración que quien acaricia una joya.
Y como tal lucía en el bonito cuerpo de mi madre que, resplandeciente, sonreía feliz del brazo de mi padre el día en que se casaron. Las fotografías de la boda, que nunca me cansaba de mirar, daban fe de ello.
Realmente, parecía una diosa.
Y yo, escuchimizada mortal, llegaba del colegio y me encontraba en ese delicioso espacio de tiempo en que, sin obligaciones escolares ni domésticas, estaba solo a merced de mi fantasía, la cual me lanzaba a aventuras entre sábanas tendidas al sol, a galopar frenéticamente sobre un patinete como salvaje amazona o a ser una encantadora princesa de cuento de hadas.
Cuando mi imaginación se decantaba por lo último, sabía perfectamente hacia donde encaminar mis pasos para dar forma a mis ensoñaciones.
A la habitación de mis padres.
Allí, el ritual era siempre el mismo. Me dirigía al armario que albergaba el preciado objeto de mis deseos y, con toda la delicadeza de que yo era capaz, tanteaba con mis manos en su interior hasta dar con el vestido. Acto seguido, lo depositaba sobre la cama de mis padres como si de una obra de arte se tratara y, sin poder apartar mis ojos de él, me despojaba apresuradamente de mi monótona ropa escolar para, con un cuidado extremo, introducirme en aquella maravilla de vestido. Finalmente, abría una de las puertas del armario, cuya parte interior tenía un espejo de cuerpo entero, y era entonces cuando se levantaba el telón y la magia entraba en escena…
Poco importaba que me lo pisara, poco importaba que me sobraran centímetros de tela por todos los lados. Era evidente que ese vestido solo podía lucir con todo su esplendor en el cuerpo de mi madre pero, aún así, mi imaginación, piadosa y benevolente conmigo misma, se encargaba de rellenar todos los huecos vacíos, que no eran pocos.
Un rayo de sol se colaba en la habitación a través de la ventana y, como una varita mágica, se posaba sobre el vestido haciéndolo aún más deslumbrante. Mirándome en el espejo con los ojos de la fantasía, veía a la niña flacucha y desgarbada convertida ya en la más hermosa de todas las princesas.
La alcoba se transformaba, entonces, en un gran salón de baile donde yo era el centro de todas las miradas y en donde un imaginario y apuesto príncipe, rendido ante mi belleza, me rogaba bailara con él. Yo, por supuesto, accedía a su petición y, graciosamente, le tendía mi mano para iniciar el baile…
Un, dos, tres… un, dos, tres… danzaba sobre mi cuerpo al compás de un vals que solo sonaba en mi cabeza, procurando no tropezarme con la falda del vestido y abrazada a un irreal príncipe, ya totalmente prendado de mí.
Y seguía bailando…
Un, dos, tres… un, dos, tres… cada vez más vertiginosamente, contemplándome de reojo en el espejo y dando vueltas y más vueltas, hasta que la habitación giraba conmigo y debía detener mi baile, exhausta y tambaleante.
Era un breve espacio de tiempo, muy corto, duraba apenas unos escasos minutos, pero a mí me sabían a eternos porque en el mundo de mi fantasía no existía el tiempo ni, mucho menos, se medía.
Mi madre, sin embargo, sí sabía de tiempos y horarios y era su voz, llamándome a comer, la que me obligaba a regresar de nuevo a la realidad y poner fin a mis ensoñaciones. Como Cenicienta a las doce de la noche, abandonaba precipitadamente el vestido y volvía a enfundarme en mi uniforme escolar que, en ese momento, me parecía más feo que nunca. Y yo también.
Pasaban los años y, a medida que iba creciendo, mi cuerpo se iba ajustando más a las medidas del vestido. Seguía poniéndomelo, siempre que mi fantasía me lo reclamaba, aunque cada vez más esporádicamente.
El inexorable paso del tiempo, finalmente, me sumergió de lleno en el mundo adulto. Dejé atrás mi niñez y de bailar al son de imaginarios violines y con inexistentes príncipes, porque en mi vida ya empezaban a asomar otros más reales de carne y hueso...
Inevitablemente, dejé atrás el vestido y me olvidé de él.
Pasaron muchos años sin apenas recordarlo, salvo cuando ojeaba el álbum de bodas de mis padres. Al verlo, era como si una lucecita del desván de la memoria se encendiera, para volver a apagarse una vez vistas las fotos.
Hasta que un día, por casualidad, me lo encontré de nuevo en mis manos.
También en el vestido el tiempo había causado estragos pero, aún así, me seguía pareciendo tan suave, tan blanco y maravilloso como años atrás. Volví a acariciarlo con mis dedos, como solía hacer en mi niñez y, de nuevo, mi fantasía me tomó de la mano para mostrarme a esa niña soñadora y delgaducha que bailaba un vals al son de una música que solo sonaba en su cabeza, en un salón de baile imaginario y en brazos de un príncipe inexistente.
Solo el vestido y yo, supervivientes del tiempo, seguíamos siendo reales.
Mi madre sigue guardándolo en el mismo rincón del armario, con el mismo cariño y ternura que antaño. Yo lo sé, pero es muy posible que ella no se acuerde.
Nunca más he vuelto a preguntarle por él. Para mí es parte de mis fantasías de niña y, como tal, lo recuerdo con ternura. Para ella, de su vida real, en la que ya no puede sonreír, deslumbrante, del brazo de mi padre, su príncipe azul.
Y este recuerdo duele.