
Perezosa y sin prisas,
remolona y holgazana,
ignoraba la impaciencia
con que fuera me esperaban.
Flotando entre tibias aguas
y al calor de un seno amante…
¡El mundo podía esperar,
que sin mí ya eran bastantes!
En tan cómoda morada
¿quién pensaba en otra vida?
¡Si ni tan sólo sabía
donde estaba la salida!
Y acomodada en mi nido
tanto atrasé mi llegada
que tuve dos semanas más
a mi madre embarazada.
Chupaba mi dedo pulgar
o jugaba con mis pies...
Fue estupendo hasta que un día
¡horror! ¡Me vi del revés!
Y sentí que aquel refugio
que hasta entonces me albergaba
era cada vez más chico
y poco a poco me asfixiaba.
Había llegado el momento
de salir y dar la cara,
no fuera que a esas alturas
el personal se cansara.
Pero me tomé mi tiempo…
¡no se nace cada día!
Y en mi minuto de gloria
pensé lo que me pondría.
Sin nada mejor a mano
tuve una idea genial.
Cual collar, me lié al cuello
el cordón umbilical.
Mas no duró un minuto
la gloria de mi llegada,
que doce horas pasaron
y mi madre, desquiciada…
Daba el gran paso y lo hacía
el día menos oportuno,
que pudiendo hacerlo el quince
esperé al treinta y uno
de Diciembre y mamá,
rendida y extenuada,
esa noche a las doce,
no quiso uvas, ni nada.
Pues dicen que cuando me vio
se heló la sangre en sus venas
que yo, más que una niña,
era una berenjena.
Porque el tan ansiado bebé
de supuesta piel rosada,
vino dando el primer susto…
¡que la tenía morada!
¡Qué poco glamour el mío
en día tan especial!
Llego tarde y cuando lo hago
luzco un aspecto fatal.
¿Pero no ven que me ahoga
el cordón umbilical?
¡O me dan un chute de aire
o esto pinta muy mal!
Y así estreno mi existencia
sin una queja ni un llanto…
El silencio era mortal
y las caras, de espanto.
Me estaba bien empleado
por coqueta y presumida,
que acabando de nacer
por poco ya pierdo la vida.
¡Plis plas! y el cordón fuera
y yo que sigo callada
hasta que un dolor intenso
me rescata de la nada.
Golpean dos cachetazos
mi diminuto trasero
y lanzo mi grito al mundo
y, de paso, al caballero
que me tiene, por los pies,
boca abajo y desnuda
mientras que todos se alegran
de que no he nacido muda.
¿Esta es forma de tratar
a una dama recién nacida?
¿Es que no había un mejor
comité de bienvenida?
Al fin recobré el color
tras unos minutos de espera.
Todos felices y a mí
me escocían las posaderas…
Por fortuna, nadie más
me ha tenido en tal postura
y han tratado a mi trasero
con bastante más dulzura.
Casi se quedó sin uñas,
esperándome, mi padre
y sus uvas de la suerte
fueron dos, yo y mi madre.
Dan las doce campanadas
a las doce de la noche
y yo, que ya he dado la mía,
pongo al año feliz broche.
Y aunque levanté el telón,
para mi puesta en escena,
morada y demorada
juro que valió la pena.
