
la que corre por sus venas
y el alcohol, de madrugada,
enturbia de ira sus penas.
Ríos de rabia y celos
se desbordan y le engullen.
Llama a las puertas del cielo
y sólo demonios acuden.
La que ayer fuera su sueño
es hoy su pesadilla.
Le dijo que no era su dueño
y su rechazo le humilla.
Se revuelca en su agonía.
se retuerce en su tormento.
Borracho, al filo del día,
de venganza está sediento.
El rencor y el despecho
son acerados puñales
y al hundirse en su pecho
brota el odio a raudales.
“No será de nadie más
la que no quiere ser mía.
Juro ante ti, Satanás,
que hoy será su último día”
Cabalgando en la locura,
dos escalofriantes brillos
alumbran la noche oscura:
su mirada y un cuchillo.
Desde su infierno murmura:
“Mataré a quien me mata.
Pagarás por mi amargura
con justo castigo, ingrata”
Y como lobo, acechante,
la espera en su portal.
En la oscuridad reinante,
sus ojos, destello mortal.
Suenan doce campanadas
desde un reloj lejano,
presagio de muerte anunciada.
Y siente el acero en sus manos…
El silencio habla de muerte
mientras el verdugo espera.
Ajena a su aciaga suerte,
los pasos de ella en la acera.
Inmóvil por unos segundos,
suspendidos en la nada,
desde el odio más profundo
clava en ella su mirada.
Y también clava en su pecho
tres certeras cuchilladas
de celos, odio y despecho,
con manos ensangrentadas.
No hay gritos ni resistencia,
tan solo asombro y horror
de quien, desde su inocencia,
reconoce a su ejecutor.
Sus ojos, interrogantes,
le miran desde la agonía.
Puñales, desde ese instante,
que acuchillarán sus días.
Le engulle la oscuridad
con su sangre envenenada.
Ya desde la eternidad,
su verdugo es esa mirada.