Debo confesarlo. Yo también formé parte del pelotón de fusilamiento. Fui, sin saberlo, una más de los miles y miles de verdugos que terminamos con ellos.
Pero lo peor de todo fue nuestra crueldad. No les dimos una muerte rápida y digna, sino que los matamos lentamente, poco a poco y día a día. Hicimos oídos sordos a sus súplicas y les dejamos morir.
Fui consciente del exterminio cuando ya, prácticamente, no quedaba ninguno.
Todos, uno a uno, fueron desapareciendo de mi calle, de mi barrio, de mi ciudad. Hoy quedan solo unos pocos, supervivientes que malviven y que ven su fin inexorablemente cerca. Agonizan y ya no puedo hacer nada por ellos porque yo también soy cómplice de su desaparición.
Un día fue el tendero, ese hombrecillo de sonrisa perenne que, como por arte de magia, parecía multiplicarse por mil para atender a toda la clientela.
Le llenaban la tienda, pero él nunca perdía la sonrisa ni los nervios. En la espera, sus clientes entablaban animadísimas conversaciones y hasta se olvidaban de su turno. Sin saberlo, era el punto neurálgico de la vida social del barrio.
Hoy ya no debo hacer cola para comprar en un pequeño local abarrotado de gente, porque me muevo por espacios amplios y luminosos.
Sin embargo, nadie se detiene a charlar conmigo ni, mucho menos, me regala una sonrisa.
Otro día fue la panadera, esa mujer rechoncha y de rojos mofletes que, para hacer más dulce mi espera hasta que el pan saliera del horno, me obsequiaba con una chocolatina. Mientras la saboreaba, me envolvía el olor a pan tierno y caliente que, una vez en mis manos, me quemaba.
Hoy ya no me quemo los dedos. El pan que compro hace ya horas salió del horno industrial y viene higiénicamente envasado en una bolsa de plástico.
Y, evidentemente, ya nadie me regala una chocolatina.
Más tarde fue el lechero, hombre altísimo y extremadamente delgado. Su piel era tan blanca como la leche que, recién ordeñada, me llevaba a casa en un recipiente de metal. A través del aluminio podía sentir en mis manos su tibieza.
No provenía de granjas en verdes prados ni era transportada a diario hasta la tienda porque, simplemente, las vacas ya estaban allí. Mejor dicho, en la trastienda, donde hacían su trabajo, que era dar leche. Si estiraba un poco el cuello, podía verlas.
Hoy la compro pasteurizada, homogeneizada y, si quiero, con la cantidad de grasa, calcio y vitaminas que me interese. Es leche a la carta. Pero ya no percibo a través del tetra brik su tibieza.
Posiblemente he ganado en higiene, pero ya solo veo a las vacas en el dibujo del envase.
Luego le siguió el bodeguero, un hombre de perpetua cara sonrosada y de aspecto bonachón. Con una precisión casi matemática, mezclaba distintos tipos de vino para obtener el resultado deseado por el cliente. Rodeado de decenas de toneles de roble, se movía entre ellos con la soltura que da la profesionalidad y la satisfacción de quien sabe que hace bien su trabajo. Siempre pensé que esos toneles eran para él parte de su familia. En más de una ocasión, incluso, le vi acariciarlos furtivamente.
Ahora compro el vino embotellado y sé que nunca me llevaré sorpresas al saborearlo, pues una etiqueta me indica claramente qué tipo de vino es. Ya no hay lugar para la incógnita ni para ese alquimista, porque el vino se envasa de forma mecánica y precisa en una planta embotelladora.
Pero estoy convencida de que en esa planta, nadie acaricia las botellas como el bodeguero acariciaba sus toneles.
Y así, una larga lista de pequeños comerciantes que, uno a uno, fueron cayendo víctimas de nuestro olvido. El carnicero, la pescadera, el frutero…
Los ajusticiamos dándoles la espalda en aras de la comodidad, la prisa y le economía.
Hoy los busco con nostalgia por mi barrio, cuando me dirijo al supermercado, al hipermercado, a las grandes cadenas de alimentación, a las grandes superficies o a los centros comerciales.
Allí, una entre miles, me dejo llevar por las ofertas del “pague dos y llévese tres”, las marcas blancas, los anuncios por megafonía de lo que es imprescindible comprar y por los cheque descuento en la próxima compra.
Montañas de productos están al alcance de mi mano y nunca falta de nada. Bajo frías luces de fluorescentes, casi cegada como mariposa que revolotea alrededor de la luz, voy llenando mecánicamente el carro de la compra. Pago a una aséptica y distante cajera con la que cruzo un “hola” y un “adiós” y me voy del hipermercado sin haber intercambiado una sonrisa con nadie.
Con la cesta llena, el bolsillo medio vacío y la conciencia que me señala con el dedo.
He hecho una buena compra, no hay duda. Pero a cambio de venderle, hace tiempo, mi alma al diablo.
