martes, 15 de febrero de 2011

Una muerte lenta

Debo confesarlo. Yo también formé parte del pelotón de fusilamiento. Fui, sin saberlo, una más de los miles y miles de verdugos que terminamos con ellos.
Pero lo peor de todo fue nuestra crueldad. No les dimos una muerte rápida y digna, sino que los matamos lentamente, poco a poco y día a día. Hicimos oídos sordos a sus súplicas y les dejamos morir.
Fui consciente del exterminio cuando ya, prácticamente, no quedaba ninguno.
Todos, uno a uno, fueron desapareciendo de mi calle, de mi barrio, de mi ciudad. Hoy quedan solo unos pocos, supervivientes que malviven y que ven su fin inexorablemente cerca. Agonizan y ya no puedo hacer nada por ellos porque yo también soy cómplice de su desaparición.
Un día fue el tendero, ese hombrecillo de sonrisa perenne que, como por arte de magia, parecía multiplicarse por mil para atender a toda la clientela.
Le llenaban la tienda, pero él nunca perdía la sonrisa ni los nervios. En la espera, sus clientes entablaban animadísimas conversaciones y hasta se olvidaban de su turno. Sin saberlo, era el punto neurálgico de la vida social del barrio.
Hoy ya no debo hacer cola para comprar en un pequeño local abarrotado de gente, porque me muevo por espacios amplios y luminosos.
Sin embargo, nadie se detiene a charlar conmigo ni, mucho menos, me regala una sonrisa.
Otro día fue la panadera, esa mujer rechoncha y de rojos mofletes que, para hacer más dulce mi espera hasta que el pan saliera del horno, me obsequiaba con una chocolatina. Mientras la saboreaba, me envolvía el olor a pan tierno y caliente que, una vez en mis manos, me quemaba.
Hoy ya no me quemo los dedos. El pan que compro hace ya horas salió del horno industrial y viene higiénicamente envasado en una bolsa de plástico.
Y, evidentemente, ya nadie me regala una chocolatina.
Más tarde fue el lechero, hombre altísimo y extremadamente delgado. Su piel era tan blanca como la leche que, recién ordeñada, me llevaba a casa en un recipiente de metal. A través del aluminio podía sentir en mis manos su tibieza.
No provenía de granjas en verdes prados ni era transportada a diario hasta la tienda porque, simplemente, las vacas ya estaban allí. Mejor dicho, en la trastienda, donde hacían su trabajo, que era dar leche. Si estiraba un poco el cuello, podía verlas.
Hoy la compro pasteurizada, homogeneizada y, si quiero, con la cantidad de grasa, calcio y vitaminas que me interese. Es leche a la carta. Pero ya no percibo a través del tetra brik su tibieza.
Posiblemente he ganado en higiene, pero ya solo veo a las vacas en el dibujo del envase.
Luego le siguió el bodeguero, un hombre de perpetua cara sonrosada y de aspecto bonachón. Con una precisión casi matemática, mezclaba distintos tipos de vino para obtener el resultado deseado por el cliente. Rodeado de decenas de toneles de roble, se movía entre ellos con la soltura que da la profesionalidad y la satisfacción de quien sabe que hace bien su trabajo. Siempre pensé que esos toneles eran para él parte de su familia. En más de una ocasión, incluso, le vi acariciarlos furtivamente.
Ahora compro el vino embotellado y sé que nunca me llevaré sorpresas al saborearlo, pues una etiqueta me indica claramente qué tipo de vino es. Ya no hay lugar para la incógnita ni para ese alquimista, porque el vino se envasa de forma mecánica y precisa en una planta embotelladora.
Pero estoy convencida de que en esa planta, nadie acaricia las botellas como el bodeguero acariciaba sus toneles.
Y así, una larga lista de pequeños comerciantes que, uno a uno, fueron cayendo víctimas de nuestro olvido. El carnicero, la pescadera, el frutero…
Los ajusticiamos dándoles la espalda en aras de la comodidad, la prisa y le economía.
Hoy los busco con nostalgia por mi barrio, cuando me dirijo al supermercado, al hipermercado, a las grandes cadenas de alimentación, a las grandes superficies o a los centros comerciales.
Allí, una entre miles, me dejo llevar por las ofertas del “pague dos y llévese tres”, las marcas blancas, los anuncios por megafonía de lo que es imprescindible comprar y por los cheque descuento en la próxima compra.
Montañas de productos están al alcance de mi mano y nunca falta de nada. Bajo frías luces de fluorescentes, casi cegada como mariposa que revolotea alrededor de la luz, voy llenando mecánicamente el carro de la compra. Pago a una aséptica y distante cajera con la que cruzo un “hola” y un “adiós” y me voy del hipermercado sin haber intercambiado una sonrisa con nadie.
Con la cesta llena, el bolsillo medio vacío y la conciencia que me señala con el dedo.
He hecho una buena compra, no hay duda. Pero a cambio de venderle, hace tiempo, mi alma al diablo.

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22 comentarios:

Charo Bustos Cruz dijo...

Gracias por tus visitas...besos y...

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~Charo Bustos~

Núria dijo...

Y gracias también a tí por tus visitas, Charo. Me alegra verte por aquí!
Un abrazo!
Nüria

EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA dijo...

Esos pequeños negocios que antes se llamaban abacerías o tiendas de ultramarinos. En los barrios simplemente se conocían como "La tienda" o "La Tiendecilla". Había casi de todo en ellas. Por suerte, en pleigro de extinción, algunas aún permanecen

Buena reflexión y mejor entrada, amiga Nuria.

Un beso de martes de tus amigos Marpin y La Rana.

(Curiosamente el palabro de verificación del comentario es "RETRO". ¿Casualidad? ¿Causalidad? ¡Quien lo sabe!)

Núria dijo...

Mis amigos Marpin y La Rana, todavía queda alguna es cierto, pero as evidente que van haciendo aguas...
Sí, para nosotros también era "ir a la tienda" o, como decimos nosotros, "a la botiga"...
Los echo de menos...Las grandes superficies se los han "comido". Echo de menos el trato casi familiar con esos pequeños comerciantes. Nada que ver con el correcto, pero frío y distante, que recibo en el supermercado...
En cuanto a la palabreja en cuestión...jajaja...muy apropiada!
Casualidad? No creo...ya sabeis que no creo mucho en las casualidades... :)
Un abrazo muy grande, y gracias por el placer de vuestra visita!
Núria

maluferre dijo...

En mi barrio tadavía queda alguno, pero seguramente iran desapareciendo poquito a poco. Y la verdad que hay algunas tiendas me daría mucha pena, porque voy, me dan consejos, tengo a quien explicar lo que quiero y ellos comprende e intentan ayudarme. No es lo mismo que tratar con un empleado de una grande superficie, que muchos ni se enteran de lo que venden o hay que buscarlos porque cuando necesitas a uno no le encuentras.
Besos

Núria dijo...

Pues sí, amiguina Iris...a mí me encantaba ir a la tienda del barrio a por azúcar, por ejemplo, y terminar charlando con el tendero o con alguna vecina de lo humano y lo divino...jajaja...
Creo que hemos perdido en comunicación con los demás, en el trato directo...no sé, pienso que no compensa lo que hemos ganado a cambio de lo que hemos perdido...
Gracias por acercarte a mi rinconcito!
Un besote!
Núria

Mª Pilar dijo...

Yo ahora, al venirme a vivir a una aldea, he perdido estas tiendas pero alrededor, todavía queda alguna, que son carnicerias y venden tembien verduras y cosas de ultramarinos, siempre que puedo voy a ellas pues pasa lo que tu dices, son más humanizadas que las grandes superficies.
Cuantos recuerdos me has despertado con tu escrito, es estupendo.

Un beso

Pilar

kai51 dijo...

Dicen por aquí que "a cada gochín le llega su San Martin" es decir, que a cada uno le llega su turno, y a estas grandes superficies les está llegando tambien lentamente el suyo...una superficie mucho mayor y impalpable tan siquiera...la red de redes,internet, Acabaremos comprando en ella y ya ni nos moveremos al hiper, ni iremos por el periodico, ni discutiremos de futbol ni un montÓn de vivencias que ya no existen.
Hoy me he alargado demasiado,te pido disculpas.
Un saludo querida "internauta"

Núria dijo...

Querida Mª Pilar, pues disfruta de esas pequeñas tiendas, tú que puedes...en el barrio donde yo nací, uno de los más populosos de barcelona, ya solo quedan uno o dos...Los he visto cerrar uno a uno y es como ver partir a un amigo para siempre...
Debo ser una sentimental, pero me entristece...
Un abrazo muy grande y gracias por tu visita, guapa!
Núria

Núria dijo...

Ay, Kai...con internet hemos topado! No dejamos de estar en las mismas...por comodidad, por falta de tiempo pues eso...compramos or internet, vemos cien por internet (bueno, creo que esto ya se acaba...) operamos con nuestro banco por internet...
Mira, yo no le quito sus ventajas, pero creo que habría que encontrar la justa medida, como en todo..
Porque donde esté una peli vista en el cine, un partido de fútbol en directo, una charla con los amigos en un bar, que se quite internet.
Ningún ordenador es comparable a echarse unas risas con alguien mirándole a la cara...a que sí?
No te has extendido para nada, Kai. Me encanta que me visites y ya sabes que aquí, en mi blog y en el espacio de comentarios, hay sitio de sobras para decir lo que te apetezaca!
Un abrazo, colega internauta!
Núria

Balovega dijo...

Hola de buenas noches..

En mi barrio ya se perdieron esas tiendas de ultramarinos, eran como de la familia...

Un saludo de apacibles sueños

Núria dijo...

Sí, Balovega, y es una pena...
En mi barrio apenas quedan dos y siguen adelante con más pena que gloria...
Felices sueños!
Núria

Carmela dijo...

Tienes razón.Cada vez van quedando menos tiendas pequeñas.
Los negocios barriales van cerrando.Y se asemejan a pequeñas muertes pues se pierde el contacto humano .
Ahora encontramos todo en el super .
He observado que donde continúan en pie los almacenes y otras tiendas es en los pueblos del interior.
Allí continúa en pie la calidez y la confianza entre las personas.
Tal vez en la vorágine de las ciudades vamos perdiendo la magia del contacto y la comunicación "familiera" del saludo , la charla y el diálogo ameno.
Es una lástima.
Besos, Nuria!!

Núria dijo...

Querida Carmela, pues sí...todavía quedan algunos en los pueblos y en algún barrio, pero te aseguro que or aquí, al menos en Barcelona, han desaparecido casi tdos..
Falta la calidez, la cercanía, el trato directo con el dependiente de toda la vida...
EN fin, supongo que frma parte de eso que llaman progreso, pero para determinadas cosas, preferiría no hubiéramos evolucionado tanto...
Gracias, guapa, por regalarme tu vista. Es un placer tenerte por aquí!
Un abrazo,
Núria

Déjame un Poema dijo...

Querida Núria, todo avanza pero cada ves nos distanciamos mas del vecino.
recuerdo hace unos años cuando el vecino era el amigo, uno dejaba la puerta abierta y siempre caia uno con un pedazo de pastel o solo entraba para saludar.
Hoy todo es Hiper y las casa llevan rejas, ya los niños no juegan en la calle por temor, dicen que todo cambio es bueno, pero en este cambio estamos perdiendo el contacto, el abrazo.
me encanto tu entrada.

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...||..\\._|...'.``'- Querida Núria
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........'..____....-'`..........`|hola!!!
........_/..............__.--.__/pase para
......-'................-'....|....||. dejarte
....-/................/......|.....\\. un saludito.
{...|.............../_...../.......\|.que Dios
..`-\.................`\--;`..te bendiga
.....'-..................|....|BESITOS..
........).............../.._/.que tengas un buen
......./...........__.'...'--,.Fin de semana!!!
.......(...........'--..____))).GRACIAS
...____)))Por estar, con todo cariño!!
………………Noemi………………

Núria dijo...

Querida Noemí, cuanta razón tienes! En las grandes ciudades, al menos, ya no hay tiempo para la charla con el vecino, con el tendero...el progreso nos arrastra y nos aleja de ese contacto humano, tan necesario....
Gracias, amiga, por tu visita y tus palabras. Es un placer tenerte en mi casita virtual!
Un gran abrazo, con mucho cariño!
Núria

El Drac dijo...

Qué excelente entrada con una nostalgia crítica, y en verdad no sé si eran tiempos mejores (a mi me gusta la soledad) pero había más confraternidad y chismorreo; más interacción social. Un gran abrazo ¿Y qué será del cartero? aquél señor sonrosado y rengo con su uniforme azul que iba dejándonos las buenas nuevas de parientes lejanos en los días de sol.

Núria dijo...

Ay, Drac...es cierto, me olvidé del cartero...bueno, no me olvidé, pero era casi imposible enumerarlos a todos! El cartero, el vigilante nocturno, el carbonero...ahora son profesiones que suenan a tiempos prehistóricos, pero no son tan lejanos...
Las relaciones sociales eran más cercanas que ahora, evidentemente. No habían redes sociales, pero ni falta que nos hacían. La calle era como el facebook actual, no crees?
Gracias por tu vista y por haber ocupado este rinconcito en mi blog. Sé bienvenido a este blog que tiene las puertas abiertas para tí!
Un abrazo!
Núria

Balovega dijo...

Hola

Esta noche antes de dormirte,mira la estrella mas luminosa que es a ella que he pedido darte las buenas noches.

Besitos

Núria dijo...

Balovega, lo voy a tener complicado porque está el cielo nubladísimo y cae un chaparrón de mil pares...
Pero no importa, yo me imagino esa estrella y a través de ella, te mando también mis deseos de felices sueños!
Un beso,
Núria

Cinarizina dijo...

Hola Núria, sólo puedo decir que tu escrito es perfecto...es una lástima lo que acompaña a la modernización...acá en mi ciudad todavía se respira lo artesanal y de verdad, es una bendición. Me encantó tu exposición...recibe un fuerte abrazo.

Núria dijo...

Mi querida Cinarizina, pues ojalá dure muchísimo tiempo ese aire artesanal de tu ciudad. Aquí las cadenas comerciales y las grandes superficies han acabado, prácticamente, con todo lo que de auténtico y humano había en el pequeño comercio...Una lástima.
Mil gracias por leerme y mi abrazo cargado de todo mi cairño!
Núria