jueves, 5 de noviembre de 2009

Mirar antes de entrar

Tenía 17 años, una vida laboral recién estrenada y unos rebeldes restos de acné juvenil que me hacían sentir la patita más fea del mundo y a los que, cada noche, les declaraba la guerra abierta frente al espejo. Aún así, ellos, lejos de batirse en retirada, soportaban estoicamente mis ataques y, vengativos, reaparecían de nuevo para desesperación mía.
Trabajaba en una oficina situada en las afueras de Barcelona y mi medio de transporte era el autobús. Como un ritual litúrgico, a las siete y media de la mañana, nos apretujábamos fraternalmente hasta la asfixia los unos contra los otros y, camino cada uno de sus respectivos trabajos, compartíamos somnolencias y sudores.

Sin embargo, de vez en cuando, la fortuna me sonreía y me brindaba la oportunidad de ir en coche, rojo para más detalles, hacia mi trabajo. La fortuna tenía nombre y cargo. De nombre Manuel y de cargo, jefe. Mi jefe.
Vivía a un par de calles de mi casa y, cuando sus horarios se lo permitían, se ofrecía para recogerme. Eso, después de haberlo hecho minutos antes con otro compañero de oficina que, a pesar de no ser jefe, se las daba de tal.
Cuando esto sucedía la vida me resultaba algo más bella y me olvidaba, incluso, del maldito acné que ornamentaba mi cara. El ronroneo del coche, junto con la charla casi siempre profesional que ambos mantenían, me sumía en el más profundo de los sopores y me permitía disfrutar de media hora más en los brazos de Morfeo que, al igual que los de un novio enamorado, me acogían dulcemente obviando mis alteradas glándulas sebáceas.

La mecánica era siempre la misma. Yo, en la parada del autobús y puntual como un reloj suizo, esperaba ver aparecer el coche de mi jefe. Él llegaba, se detenía el tiempo justo para que yo subiera y nos íbamos. Esto sucedía a la velocidad del rayo para no entorpecer el tránsito ni la llegada del autobús, lo cual hubiera supuesto para mí el tener que soportar la mirada asesina de muchos pares de ojos, el bocinazo del claxon apremiándome y, posteriormente y fuera de horario laboral, la bronca de mi jefe.
Bien, pues toda esta mecánica funcionaba de maravilla hasta un día en que la fortuna, más que sonreírme, se quiso echar unas risas a mi costa. Y vaya si lo consiguió…

Ese día, puntual como siempre a mi cita matutina, estoy esperando impaciente la llegada del coche que, cual rojo corcel, me llevará veloz a la oficina.
Ahí está.
Satisfecha de mi puntualidad y sin bocinazo previo, me lanzo rauda a su encuentro. El coche para. Abro la puerta de atrás y, más que sentarme, me tiro en plancha en el asiento trasero. Con un sonoro “¡Buenos días! ¡Ya nos podemos ir!” cierro la puerta y me dispongo a disfrutar de mi media horita de dulce ensoñación.
Y justo entonces es cuando me doy cuenta de que algo va mal.

Primero, porque no hay respuesta a mi saludo y segundo porque el tapizado del asiento no me resulta familiar. Rápidamente levanto la mirada y mis ojos se topan con dos sendos bigotes pegados a la cara de póquer de dos hombres a los que no he visto en mi vida. Es tal el susto que me llevo que, imagino que con cara de boba, me quedo con la boca abierta. Sin más.
La mirada de uno es de total asombro. La del otro también, pero con un sospechoso brillo en la mirada que me gusta bastante menos que su bigote.
Pasan unos segundos hasta que me doy cuenta de que sigo con la boca abierta. Cuando consigo cerrarla, y al mismo tiempo que recojo presurosa mi bolso, balbuceo algo parecido a: “estoooo…creo que me he equivocado…” El primero, tan sorprendido como yo, me responde algo así como; “Pues me parece que sí…” Y al mismo tiempo que me suelta tan magistral frase, descubro en sus ojillos un brillo muy parecido al del acompañante.

Antes de que por sus mentes pase algo parecido a lo que no es, abro la puerta a velocidad meteórica y salto a la calle como llevada por el diablo, topándome de narices con un tercero, éste sin bigote, que de pie en la acera espera se resuelva el conflicto en el interior del coche para poder subir él. El coche arranca y yo me quedo en la calle, sin saber exactamente qué hacer. Frente a mí, la gente que todavía sigue esperando el autobús, hace verdaderos esfuerzos para contener la risa.
Siento que me arde el rostro como si del coloso en llamas se tratara y, con la mayor dignidad posible, paso por delante de ellos y me dirijo a la esquina más apartada de la calle, procurando mantenerme lo más lejos posible de sus socarronas miradas y donde espero que la tierra se me trague a la mayor brevedad.

En eso estoy cuando un familiar bocinazo me vuelve a colocar en la tierra y veo otro coche rojo, idéntico al anterior. Con toda la cautela y precaución del mundo, me acerco mientras pienso si esta vez será mi jefe o, por el contrario, volverá a ser el del sendo bigote que ha dado la vuelta a la manzana.
Lenta y detenidamente, a través del cristal miro a los ocupantes antes de subir. Sí, son ellos.
Mi jefe, impaciente ya, asoma la cabeza por la ventana del coche y me dice: “¿Se puede saber qué estás mirando?”
Abro la boca para responder, pero por segunda vez en lo que va de mañana, no sé qué decir. Me subo al coche, digo aquello de “Buenos días….”, y, acto seguido, opto por callarme y mantener lo sucedido en el más absoluto de los secretos.
Ese día aprendí que, además de mirar antes de cruzar, hay que mirar antes de entrar.

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10 comentarios:

karla dijo...

Es muy gracioso el escrito y muy bien contado. Siempre he pensado que escribir una buena comedia es más dificil y se necesita más inspiración, que para un drama. Esta vena tuya humorística, es muy buena, no la arrincones.

Un abrazo guapa, karla

Núria dijo...

Muchas gracias, querida Karla.
Intento encontrar el lado divertido a situaciones que, en el momento en que suceden, nos parecen terriblemente vergonzosas, como es el caso.
Estas situaciones no dejan de ser la sal y pimienta de la vida, y tienen de bueno que nos enseñan a reirnos de uno mismo, lo cual me parece un ejercicio muy saludable...
Gracias por tu visita y por tu comentario.
Un fuerte abrazo, guapa!
Núria

Mª Rosa dijo...

Ahora cuando ya ha pasado el tiempo al recordar algunos episodios de nuestra vida nos pueden hacen mucha gracia, pero la verdad es que cuando lo estás viviendo, lo pasas verdaderamente mal. Esas lecciones no se olvidan en la vida, me ha encantado tu relato Nuria, me gusta el desarrollo que haces de los acontecimientos, haces que personas como yo, que ya tengo unos añitos, volvamos a nuestra infancia o a nuestra juventud.

Un abrazo
Mª Rosa

Núria dijo...

Mª Rosa, teno unas cuantas historias parecidas a esta...Creo que eso es consecuencia de que soy algo despistada, o de que hago las cosas impulsivamente.
Pero bueno, todo forma parte de la historia de cada uno. Tenemos que aveptarnos oomo somos y, si es posible, reirnos de nuestros propios defectos.
En cuanto a lo de los añitos...quien más, quien menos ya llevamos a nuestras espaldas un saquito con los años vividos. Y es fantástico el poder contarlo, no crees?
Gracias de nuevo por tu visita a mi blog y por tus comentarios. Cómo van las clases de piano?
Un fuerte abrazo!
Núria

Taty Cascada dijo...

Querida Núria:

Éstas sacando del bául de los recuerdos, esa parte lúdica de tu vida,y me encanta constatar que lo haces con agudeza. De ese anecdotario de despistes que nos acerca más como amigas,sacaste éste y vaya que nos parecemos en ese aspecto, jaja. Ésta anecdota no la conocía y me ha divertido, y más de una risa me ha sacado.
Besitos y cariños desde Santiago de Chile.

Tatiana

Núria dijo...

Querida amiga, creo que todavía me sonrojo cuando lo recuerdo, a pesar de que han pasado tantos años...Seguiré desempeolvando recuerdos de mi baíl, enorme, de despistes...jaja...
Gracias por tu visita, amiga mía!
Cariñitos!
Núria

maluferre dijo...

Uysss...yo también soy muy despistada y he cometido algún error parecido al que cuentas...y cuando se cuenta es una anecdota divertida, pero en el momento que pasa, es horroroso porque además en el medio tiempo que una se da cuenta que está equivocada, no sabes que pasa...es como si todo el mundo se parara en tu equivocación.
Besos Nuria, me encanta como escribes.

Amelia dijo...

Bueno Núria, esto pasó a tus 17 años jajaja, a esta edad cualquier cosa es posible y comprensible, te creo cuando dices que no te salían las palabras. Lo que pasa al recordarlo através de los años ya lo recuerdas mas divertido y no tan sofocante como lo viviste en aquel momento.
Petonets Amelia

Núria dijo...

Iris, si eres de las mías ya sabrás como se siente una...
De todas maneras, el mal rato que se pasa se compensa cuando, pasado el tiempo, lo recuerdas riéndote. Todo tiene su lado positivo, no?
Un abrazo y muchas gracias por tu visita!
Núria

Núria dijo...

Ay, Amelia...el problema es que a mí cosas similares me han pasado con bastantes años más...jajaja..
En fin, como ves, le saco la puntilla a todo, empezando por mis defectos...
Gracias por tu visita y tu comentario, guapísima!
Petonets!
Núria