domingo, 22 de noviembre de 2009

Pan con chocolate

Esa tarde me apetecía merendar, cosa poco habitual en mí. Llevada por un extraño impulso, de repente se me antojó de lo más delicioso una rebanada de pan con chocolate, algo que siempre, inevitablemente, había asociado a mis tardes de niñez.
Sin embargo, ese día, poco podía imaginar que el primer mordisco me transportaría, con tanta rapidez y claridad, a muchos, muchos años atrás. El placentero sabor del chocolate me lanzó a un viaje en el tiempo y me llevó en volandas hasta mi infancia.

.A cada mordisco, se desempolvaban del baúl de mi memoria imágenes largo tiempo guardadas y que casi había olvidado. Inconexas al principio entre sí, se iban enlazando las unas con las otras hasta convertirse en una película en la cual yo era espectadora y protagonista. Una película que, a pesar del tiempo transcurrido, tenía la nitidez de los bellos recuerdos y el dulce sabor del chocolate.

Un mordisco, y ahí estoy yo, de nuevo en casa de mis padres, recién llegada del colegio, con mis largas trenzas despeinadas, mis piernas como alambres y mis enormes ojos frente a otra rebanada de pan con chocolate. Sentada en la galería, balanceando mis rodillas llenas de arañazos, me dejo envolver por la paz que flota en el ambiente y que saboreo al igual que mi merienda.

Otro mordisco, y ahí está mi madre. Enérgica e incansable, con su inseparable delantal floreado, trajinando en la cocina, delicioso almacén de aromas caseros, y desde donde un sabroso olor a cocido invade toda la casa. De aquí para allá, entre cacerolas y pucheros, interrumpe por un momento su actividad y me observa. ”Venga, empieza a merendar que has de hacer los deberes”.
Su voz, ahora, suena en mi interior como un eco del pasado.
Y yo sigo paladeando mi pan con chocolate con la misma intensidad que paladeo esa calma que reina en la casa, oasis de paz y refugio seguro de mi niñez.

Un mordisco más y ahí está mi abuela. Menuda, frágil, tierna, mi aliada incondicional. Sentada en la galería, con sus desgastados ojos, la espalda encorvada por el paso de los años y totalmente absorta en sus bolillos que, en perfecta sintonía, danzan de un lado para otro del cojín bajo la dirección de sus habilidosos dedos y que, como por arte de magia, transforman el hilo en encajes,. Tan blancos como su cabello, tan hermosos como ese momento.
.
Contemplo la escena como si hubiera quedado atrapada en una de esas bolas de nieve, donde parece haberse detenido el tiempo y todo transcurre con una deliciosa lentitud. Aromas y sabores, sensaciones que se encadenan en ese cotidiano ritual, y cuya banda sonora es el tintineo metálico de las cacerolas en la cocina y el sonido de los bolillos al chocar entre sí.

A esa hora intermedia de la tarde, el sol entra por la galería y llega hasta la cocina. Al roce de sus rayos, y como tocados por una varita mágica, los grises cacharros de metal brillan y la estancia adquiere un suave tono dorado. Ajena a esta maravilla mi madre, infatigable bailarina entre fogones, sigue con su danza entre ollas y cacerolas.
Los encajes de mi abuela, bajo la dorada caricia, adquieren un blanco casi cegador y yo, hipnotizada, intento prolongar al máximo la merienda, procurando no perder detalle de toda aquella transformación que, parece ser, nadie más que yo advierte.

Otro mordisco. El encaje crece y crece y el aroma del cocido ya lo envuelve todo. Mi abuela levanta la vista del cojín, sin dejar ni por un segundo sus juegos malabares con los bolillos y me dice con una sonrisa tan dulce como el chocolate…”Haz lo que tu madre te dice. Termina ya y ve a hacer tus deberes”.
Un último mordisco y el chocolate se ha terminado, lo cual significa el fin de ese momento mágico. Se desvanece el encanto y, a desgana, acudo a mis obligaciones.

Mi universo infantil estuvo lleno de tardes como esa, bañadas por la calma y el sol. Con aroma a cocido y sabor a chocolate. Tardes que jamás se volverán a repetir y que ahora, casi cincuenta años después, reviven nítidas en mi memoria, negándose a ser olvidadas.


De mi abuela queda su recuerdo, sus encajes y un gran consejo que un día me regaló. De mi madre, su eterna danza en la cocina, aunque ahora ya más pausada, y su energía consumida por los años. De mí, lo que soy ahora.

Lo único inalterable y duradero son esos rayos de sol que siguen entrando por la galería y llegan hasta la cocina. Y, por supuesto, el sabor del pan con chocolate.

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8 comentarios:

karla dijo...

Querida Nuria, tu escrito me ha gustado especialmente. He viajado contigo al mundo de la infancia, recordando vivencias y seres queridos que han enriquecido nuestras vidas. ¿Sabes? a mi me pasa esto también con los olores, Los de la ropa recien planchada, ciertos aromas de cocina que identifico con casa de mis padres o de mis abuelos.

Pienso que si nos gusta recordar, es porque hemos sido afortunadas de tener una niñez muy feliz. Yo doy gracias por esto.

Un abrazo guapa. karla

Núria dijo...

Yo también doy gracias por ello, querida Karla. Hay quien dice que cuando empezamos a recordar cosas de nuestra infancia es porque estamos envejeciendo...
Yo creo que es porque hemos alcanzado la plenitud, la madurez que nos hace ver la importancia de los pequeños detalles, de las pequeñas cosas...Por ejemplo, la del sabor de pan con chocolate.
Me alegro de que te haya gustado y de que tú también hayas vuelto a viajar en el tiempo, hacia esa infancia que, afortunadamente, la tuvimos felíz.
Un gran abrazo!
Núria

PD: Muchas gracias, Karl, por hacerte seguidora de mi blog. Acabo de "verte" ahora...

Mª Rosa dijo...

Me ha emocionado tanto tu relato que se me han saltado las lagrimas, has hecho que me transportara a mi niñez y al recordar escenas vividas con mi madre y mi abuela no he podido contener las lagrimas, mi abuela también fue una persona muy especial para mi.

Un relato muy tierno y lleno de sentimientos, me ha gustado y me ha emocionado mucho, sabes transmitir, tienes madera de escritora.

Un abrazo guapísima.
Mª Rosa

Núria dijo...

Mª Rosa, siento haberte provocado las lágrimas...Si te sirve de consuelo, también yo me emocionaba cuando lo escribía.
Creo que esta escena, o alguna similar, la hemos vivido muchas personas, no crees?
Mi abuela...algún día escribiré de ella. Fue muy, muy especial para mí. Ni te imaginas cuantas veces la recuerdo...
Muchas gracias por tu visita y por tu comentario.
Te mando un abrazo muy fuerte!
Núria

Amelia dijo...

Núria, a mi también me has atrapado con estos recuerdos, y mucho mas en estos días que estoy esperando ser abuela y estoy mas sensible a ciertas palabras. Estos días que al desempolvar también algunas cosas muy bien guardadas, ha sido imposible que las lágrimas dejaran de rodar cara abajo. Que recuerdos mas entrañables tenemos la suerte de recordar… sabre yo transmitir estas sensaciones para mi nieta? Estos días todo me asusta y espanta.
Un beso de cariño Amelia

Núria dijo...

Amelia, por supuesto que sabrás hacerlo! Las irá guardando en su interior, poquito a poco, hasta que un día le suceda lo que a mí.
Creo que es un proceso de tiempo, pero quien ha transmitido amor, siempre será recordado con amor.
Lo de tu sensibilidad creo que es de lo más normal...estás nerviosa, más sensible de lo normal por lo que está a punto de suceder...eso es un cóctel emotivo que lleva a las lágrimas. Pero no te preocupes, yo pienso que llorar es bueno, sea de pena o de alegría. Prepárate porque dentro de poco lo harás de nuevo, pero por la alegría enorme que sentirás al tener a tu nieta en los brazos.
Ya nos irás contando, eh?
Te mando un fuerte abrazo, guapísima!
Núria

Eline dijo...

¡¡¡¡¡Que recuerdos....con el pn y chocolate!!!!
Somos casi de la misma época, me ha encantado, de verdad...

Núria dijo...

Pues sí, yo creo que todas, con pequeñas diferencias, hemos vivido momentos así..
Por cierto, no te conocía con este seudónimo....
Gracias por visitarme. Un beso, guapa!

Núria