
Sí, la verdad es que cualquiera de esos recuerdos podría ser un hermoso y tierno prólogo del libro de mi memoria… Pero no es así.
En honor a la verdad, debo decir que mi primer recuerdo es doloroso. Y no hablo en sentido figurado. Es, literalmente, doloroso porque fue un porrazo. O, en términos más literarios, un accidente doméstico que, aunque dicho de forma menos vulgar, no deja de ser lo mismo. Doloroso.
He intentado infinidad de veces escarbar en mi memoria, esforzándome en tener un pequeño atisbo, aunque fuera entre brumas, de algún hecho anterior, pero es imposible. O mi memoria lejana llega hasta ahí o, como consecuencia del golpe, se me borró todo lo que hubiera podido haber almacenado hasta entonces en mi cabecita que, dicho sea de paso, tampoco debería ser mucho…
Así pues, remontándome al primer capítulo de mi memoria, veo a un ser diminuto y algo rechoncho, cosa esta última que duró poco tiempo para desesperación de mi madre, dispuesto a poner en práctica una de sus aficiones favoritas en aquel entonces: curiosear, explorar, descubrir... Con los cinco sentidos a pleno rendimiento y sin darles un minuto de tregua. De hecho, algo innato en cualquier niño pero que, en mi caso, no empezó con buen pie.
Evidentemente, si viviera mi abuela, que ese día fue la coprotagonista del suceso, diría que me dejara de tonterías románticas porque lo que yo estaba haciendo, simple y llanamente, era meter las narices donde no me llamaban.
Y posiblemente tendría razón, porque así me fueron las cosas.
La alcoba, que dado mi pequeño tamaño me parecía enorme, tenía el aliciente de unos hermosos muebles, obra artesanal de mi abuelo ebanista, con un montón de tentadores cajones y sugerentes puertas por abrir. La perspectiva, pues, no podía ser más interesante.
Sin pensármelo dos veces, aunque poco o nada debía pensar yo a esa edad, me puse manos a la obra.
Mi carrera, sin embargo, se vio frenada por la penumbra que allí reinaba y que, en absoluto, invitaba a seguir adelante. A pesar de esto, lejos de desistir en mi intento, lo consideré como un elemento que hacía aún más excitante la aventura y, una vez mis ojos se adaptaron a la oscuridad, me lancé a ella con pasitos torpes y apresurados.
El primer mueble con el que topé, ya que me dí de narices con él, fue un tocador, totalmente fuera del alcance de mis posibilidades. Con dos pequeños cajones en la parte superior, imposibles de alcanzar dada mi escasa estatura, y cuatro grandes cajones en la parte inferior, imposibles de abrir dada mi poca fuerza, tuve que descartar el primer objeto de inspección. Aun así, no me rendí a la primera y, posiblemente, la contrariedad no hizo más que avivar mi interés. Convencida de que algo encontraría más accesible a mis limitados recursos, me adentré del todo en la alcoba.
Y lo hallé.
Pero una terrible duda detuvo de nuevo mis pasos… ¿Hacia cual dirigirme?
Supongo que un incipiente atisbo de intuición femenina me hizo decantar por la de mi madre. Casi seguro que en su interior habrían cosas mucho más interesantes que en la de mi padre.
Con un cajón en la parte superior y una puerta en la inferior, este mueble sí era totalmente asequible para mis manitas curiosas e impacientes por descubrir la gran cantidad de maravillas que, seguro, escondía.
Así pues, fijado ya el objetivo, me dirigí hacia él como un torpedo.
Pero de nuevo mi carrera se vio frenada por algo que relucía en la oscuridad y que llamó enormemente mi atención. Era el tirador del cajón, una pieza de metal dorado, en forma de lágrima, que sobresalía ostensiblemente del mueble y que, justo a la altura de mis ojos, parecía indicarme el camino a seguir. Por unos segundos, casi me hipnotizó.
El lapsus, sin embargo, fue breve porque, retomando mi interrumpida carrera y a una velocidad casi suicida, corrí hacia la mesita dispuesta a alcanzar mi meta.
Pero la mala fortuna, mis pasitos torpes por la prisa y mi todavía frágil estabilidad se confabularon de tal forma que, a tan solo un par de centímetros de mi objetivo, resbalé.
Y, con peor fortuna aún, lo hice de tal forma que mi frente daba de lleno contra el tirador. Exactamente entre ceja y ceja sentí el frío metal atravesándome la piel.
Debí permanecer así unos segundos hasta que noté un líquido caliente que resbalaba por mi rostro y que se metía en mis ojos. Palpé con la mano mi cara y fue entonces cuando, al verla completamente manchada de sangre, olvidé a mi subconsciente y empecé a llorar histéricamente con todas la potencia de mis pequeños pulmones.
Al mismo tiempo que estallaba mi llanto, algo estallaba también contra el suelo de la cocina, a la vez que oía otros gritos, aparte de los míos. Los de mi abuela, ya corriendo por el pasillo hacia donde yo estaba. Se encendió la luz de la habitación y mi llanto aumentó en decibelios al ver su cara, aterrorizada y tan blanca como lo era mi vestido antes de teñirse prácticamente de rojo con la sangre que se deslizaba por mi rostro.
Y aquí, de repente, termina mi primer recuerdo porque, inexplicablemente, del resto no logro recordar nada.
Sé, por lo que me contaron, que mi abuela intento taponar como pudo la hemorragia y que, nieta en brazos, bajó desesperada a la calle, me llevó hasta la farmacia más cercana donde me hicieron una pequeña cura y, poco después, avisados mis padres, se personaron rápidamente en casa para llevarme al hospital.
De esa aventura frustrada, de esa accidentada curiosidad, me quedó, durante muchos años, una cicatriz vertical, exactamente equidistante de las dos cejas y escandalosamente visible a primera vista.
A medida que fui creciendo, fue haciéndose menos ostensible, salvo cuando fruncía el ceño, que no eran pocas veces…
Aún ahora, si me observo detenidamente esa zona, entre alguna que otra arruguita que ha pasado a ornamentar mi cara, puedo distinguir todavía una minúscula señal, como perenne recuerdo de mi curiosidad infantil.
Así inauguré, pues, mi largo rosario de pequeños y no tan pequeños accidentes que, hasta hoy, han sido compañeros inseparables en este mi viaje por la vida y a los que, después de tantos años, inevitablemente, he llegado a tomarles cariño.