
Érase una vez que se era
un día de primavera
y Martita, niña bien,
entre sábanas de satén
se despierta dulcemente
mientras le viene a la mente
que tiene cita a las tres
con el nieto de un marqués.
Rebelde, inconformista
y endiabladamente lista
se niega a, por dinero,
ser una mujer florero.
Y no le apetece mucho
quedar con ese blanducho
que, arrogante y charlatán,
tiene ínfulas de donjuán.
Dueño de una gran fortuna,
de muy noble y alta cuna…
¿¿Y dicen que es un buen partido??
¡Si es un muermo de aburrido!
Su incansable verborrea
me deprime y me marea
y su título nobiliario…
ufff…¡me pesa como un armario!
Triste sería mi destino
viviendo con ese cretino
con quien me quieren casar,
en verano a más tardar.
Mas por mucho que a mis padres
no les gusten mis desmadres,
mejor sola y divertida
que con él y aburrida.
En fin…¡qué le voy a hacer!
Iré con él a comer.
Tendré contento a mi padre
e ilusionada a mi madre.
Cumplo y aguanto un ratito
y luego me largo a un garito
de copas con mis amigos…
¡Si el plasta no acaba conmigo!
Y en éstas anda Martita
mientras acude a la cita,
monísima, al volante
de un coche despampanante.
Y llega al restaurante.
Por supuesto, elegante.
Sin prisa por bajar del coche
y ver a ese fantoche
cuando alguien golpea el cristal.
“Seguro aparqué mal”…
Y levanta la mirada
con sonrisa educada.
Y topa con esos ojos,
y siente sus huesos flojos…
Colgada de esa mirada
se queda hipnotizada.
“Si quiere darme la llave…”
le dice una voz suave,
“le aparco el coche aquí al lado,
en nuestro parking privado”
Y sigue de forma cordial
el portero del local
hablando, mientras Martita,
ya se olvidó de su cita.
Hasta que él también se calla
pues siente como metralla
la mirada de esa chica
cuyo delito es ser rica.
Sus ojos en los de ella
ya han dejado su huella,
y los de ella en él
han encendido su piel.
Segundos que parecen horas
mientras algo nuevo aflora
entre dos desconocidos
sorprendidos por Cupido.
Él siente un escalofrío
cuando se lanza al vacío
para decirle al oído:
“Me has dejado sin sentido…”
Y ella tartamudea…
Y por fin, parpadea
cuando le dice, bajito,
“Y yo perdí el apetito…”
“Si quieres te aparco el coche
bajo la luna, esta noche”
dice él y ella asiente
sintiéndose ya impaciente.
Y atrás queda el nieto,
su dinero y su careto.
Por delante, la aventura
del deseo y su locura.
Pasan días y semanas,
de boda ya no hay campanas...
Martita está en otro mundo
y su padre, furibundo.
“¿¿Cómo ha dejado escapar
a tan valioso ejemplar??”
Y la madre, con tristeza,
dice adiós a la nobleza.
Y así hasta que un buen día
Martita, con alegría,
habla a sus progenitores
del amor de sus amores.
La noticia causa impacto
y los deja estupefactos.
“¿Y es alguien de la nobleza?”
preguntan con sutileza…
“Él mismo os va a contestar,
que ya no puede tardar”
Los padres, con la boca abierta,
y suena el timbre de la puerta.
“¿¿Se ha vuelto loca o qué??
¡Yo sin pastas para el té!”
grita nerviosa la madre.
Boquiabierto sigue el padre.
Y Martita, ufana y radiante,
hace su entrada triunfante.
“Os presento a Babukar,
con quien me quiero casar”
Silencio en el salón…
Y luego, la explosión.
“Pero, Martita….¡¡es negro!!”
brama el futuro suegro.
“Papá, ya me dí cuenta”
responde ella, contenta.
“Pero le quiero a él
con su alma blanca y su negra piel”
El padre, rojo de ira,
con desprecio se lo mira.
La madre no dice nada.
Ha caído desmayada.
Y el novio, con calidez,
habla por primera vez…
“Señor, créame, soy sincero.
Martita es lo que más quiero”
“¡Tú cállate, embustero,
sólo quieres su dinero!”
grita iracundo el padre
mientras vuelve en sí la madre.
“¡De mí no veréis un duro,
por este negro lo juro!”
Y le clava una mirada
despectiva y airada.
“No lo queremos, señor.
Nos basta con nuestro amor
y el poco o mucho dinero
que gano como portero”
“Portero de un restaurante
de lujo y muy elegante”
precisa Martita, orgullosa,
mirando a Babukar melosa.
“¡Pues ya veis cuanto me alegro…
Don nadie y encima negro!”
dice el padre con cinismo.
“¡Salid de casa ahora mismo!”
Martita, por primera vez,
responde con tirantez.
“Sabed que si cruzo esa puerta
ya podéis darme por muerta”
“Y si despreciáis a quien quiero,
lo hacéis al hijo que espero”
Y se van, dando un portazo.
Y tras la puerta, un abrazo.
Dentro, el futuro abuelo
levanta a su mujer del suelo
que otra vez cae desmayada
mientras grita: “¡¡embarazada!!”
Pasan días y semanas
y Martita ensaya nanas
mientras Babukar, risueño,
cree estar viviendo un sueño.
Con su sueldo de portero,
amor y mucho esmero
transforman en paraíso
un viejo y pequeño piso.
Palacio donde son reyes
y ellos marcan sus leyes
y donde, desde hace un mes,
en vez de dos ya son tres.
Y colorín colorado…
¡este cuento se ha acabado!
Ah…¿queréis saber si fue
niño o niña el bebé?
Fue una niña y, si os soy franca,
me encanta se llame Blanca…
Muñeca de piel morena
que, feliz, ríe ajena
a esa estupidez tan cruel
que juzga el color de la piel.
¿¿Y dónde están los abuelos??
¡Pues en el séptimo cielo!
Él con Blanca en sus brazos.
La abuela, en su regazo.
Que al final venció el amor
en la guerra del color.
Y el amor, como las flores,
luce bello de colores.
Babukar, con su familia,
de más de uno es la envidia
y al que mira con desdén,
Martita ríe y piensa: “¡que le den!”
Los abuelos, de babeo,
lucen nieta en su paseo.
Les miran de arriba a abajo
y les importa un carajo.
Y ahora sí… colorín colorado
este cuento ha terminado.
Que aún sin comer perdices,
os juro, fueron felices.
