
Como una molesta inquilina, como una vecina indeseada, se instaló la tristeza en mi corazón. Llegó de repente, sin avisar, sin darme tiempo siquiera a estar preparada para hacerle frente. Desempaquetó su equipaje de lágrimas y reproches, se acomodó en mi interior y tan firmemente se ha apoderado de mí, que me resulta imposible echarla.
Me controla de la noche al día, vigila mis pasos y me sigue a todas partes. Intento esquivarla, engañarla, esconderme de ella, pero es inútil. Se cuela por cualquier rendija, me asalta cuando bajo la guardia, me envenena el alma y me devora lentamente. Me persigue calladamente, me acecha en los rincones y hasta en sueños la siento a mi lado. Me despierto y sé que está ahí, que aún no se ha ido y que un día más, vivirá a mi costa.
Es como una enfermedad maligna que se adueña poco a poco de mi fuerza y se nutre de mi alegría, que me consume lentamente y que cada día que pasa es una batalla que gana. Envenena co su presencia todo cuanto hago, falsea todo cuanto digo y convierte en gris el brillo del sol.
Pero no me rindo. Jamás. Ganará muchas batallas pero yo ganaré la guerra. Sé que tengo un arma para luchar contra ella. Sé que debo afilar mis uñas, enseñar los dientes y armarme de ilusión. Esa ilusión que quedó enterrada bajo los escombros de lo que un día fui. Esa ilusión que debo encontrar antes de que sea demasiado tarde. Voy a buscar en mis propios restos hasta recuperarla de nuevo y, cuando vuelva a ser mía, la empuñaré contra mi odiada enemiga, la aniquilaré y, victoriosa, bailaré sobre sus cenizas. El arma de la ilusión, milagroso artilugio que mata penas pero que, maravillosamente, resucita alegrías muertas.