miércoles, 19 de agosto de 2009

Amanecer en el desierto

Era un mar infinito de arena. Las dunas, sinuosas, formaban una cadena sin fin que iba más allá de donde alcanzaba mi vista. Nada alteraba ese fascinante y casi hipnótico paisaje. El viento levantaba nubes de arena que desdibujaban el horizonte y parecían cortinas de humo. Solo arena a mi alrededor y el sonido del viento.
Llegué al desierto cuando la negrura de la noche empezaba a dar paso, muy lentamente, a las primeras luces del día. Un amanecer en el desierto del Sahara parecía muy prometedor y bien valía la pena el tremendo madrugón que me representaba.
Ascendí por una de las dunas, algo más elevada que el resto. Era un ascenso lento, cansado…mis piernas se hundían casi hasta las rodillas y mi rostro, a pesar de estar cubierto por un enorme pañuelo para protegerme de la tormenta de arena, sentía el azote de la arena que, como punzante lluvia, lo golpeaba. Sudorosa, jadeante, por fin alcancé la cima. El espectáculo era magnífico y lo que vino a continuación me dejó sin palabras, al observar la maravilla que ante mis ojos empezaba a tener lugar.

El cielo se fue aclarando a medida que el Sol, que tímidamente se asomaba por el horizonte, empezaba a alzarse, lenta y majestuosamente, por encima de ese mar de arena. Un Sol rojo primero, anaranjado después y, finalmente, dorado en todo su esplendor, transformaba el océano de dunas que me rodeaba. Éstas, como tocadas por una varita mágica, empezaron a variar su tonalidad y ante mi se abrió un abanico de colores cambiantes, una amalgama de tonalidades que mis ojos hubieran querido retener para siempre. Amarillos, ocres, cobrizos, rojos…una explosión de color a medida que el Sol se adueñaba de ese espacio infinito. Una cascada de colores que, según la intensidad, jugaban con las sombras de las dunas y tenían un efecto visual maravilloso. Era como si las dunas se movieran, como si fueran auténticas olas en un mar ligeramente alterado. Lenta, pausadamente, se movían en un vaivén que enlazaba una duna con la siguiente, formando una espectacular cadena que no tenía fin. Luces y sombras, espacio y colores...Unos minutos tan solo pero que me embriagaron los sentidos. La Naturaleza jugueteando y yo boquiabierta…Era un espectáculo fascinante que hubiera deseado no terminara nunca pero que, sin embargo, tuvo la brevedad de todo lo hermoso.

El Sol, dueño al fin de un cielo claro y brillante, se aposentó en su trono azul con todo su esplendor y, de nuevo, las dunas dejaron de ser olas, el desierto recobró su color uniforme, y hasta la ventisca de arena cesó. Había amanecido. La quietud y el silencio se adueñó nuevamente de ese inmenso espacio y, ante ese espectáculo arrebatador, sentí cuan grande era la Naturaleza y cuanta belleza nos regalaba. También sentí cuan pequeña e insignificante, casi tan minúscula como esos millones de granos de arena que me rodeaban, era yo.

Safe Creative #1005116266691

6 comentarios:

Carmen dijo...

Me ha gustado mucho. Casi he vivido contigo el amanecer en el desierto y he compartido el sentimiento de pequeñez que suele embargarnos cuando contemplamos las grandiosidades de la naturaleza.

Besos, karla

Núria dijo...

Muchas gracias, Carmen! Una de las cosas bonitas que tiene el escribir es ver que otras personas comparten y sienten lo mismo, como es el caso.
Un beso!
Núria

Mª Rosa dijo...

Tienes una virtud Nuria, relatas tan bien lo que has vivido que haces que nos metamos en la historia, las imágenes van surgiendo a medida que avanza el relato y es un verdadero placer leerte. La naturaleza es maravillosa.

Un abrazo
Mª Rosa

Núria dijo...

Geacias, Mª Rosa. Al igual que la puesta de sol en Santorini, y tantas otras cosas, el desierto es algo impresionante, digno de ver. Te lo apuntas en tu lista de viajes pendientes??..:)
Besos, guapetona!
Núria

Eline dijo...

Ya casi he leido todo, me encanta como escribes.

Núria dijo...

Muchas gracias, Eline! No sé quien eres, pero te agradezco muchísimo tu visita y me alegro de que te guste lo que has leído.
Un abrazo!
Núria