martes, 26 de enero de 2010

Las manos de un ebanista

Era ebanista y se llamaba Josep. Me resultaba paradójico y casi incomprensible que ese hombre alto y corpulento, de aspecto rudo, pusiera en sus manos tanta delicadeza y en sus profundos ojos azules tanto cariño cuando, más que trabajar, acariciaba la madera. De esa entrega casi pasional, nacieron auténticas joyas artesanales, muebles con filigranas en maderas nobles que hoy resultarían casi impagables y que, por fortuna, muchos todavía se conservan en casa de mi madre y algunos en la mía, ajenos al paso del tiempo y como hermoso testimonio de quien los creó con sus manos,
Arte a través de la madera, eso es lo que hacía mi abuelo.
Ebanista por vocación y devoción. Y más tarde, cuando las estrecheces económicas se agudizaron, mecánico por obligación.

Donde la memoria no me alcanza, me llega su recuerdo a través de las fotografías en donde él, en la plenitud de su madurez, sostiene a un menudísimo bebé con pocos días de vida, que soy yo. En los robustos brazos de aquel corpulento hombre, yo no soy más que una especie de pulguita que, desde mi insignificancia, parezco mirar algo asustada a aquel gigante que era mi abuelo.
Años más tarde, sus también robustas pero delicadas manos de ebanista sujetarían la mía para enseñarme a regar las flores del balcón, algo que me entusiasmó de tal modo que, más que regarlas, las llegué a anegar. Esas manos sujetarían la mía para llevarme a pasear por el zoológico o para ayudarme a subir a ese flamante patinete que, con todo el cariño de un abuelo hacia su única nieta, construyó para mí.

Una de mis distracciones diarias preferidas, a la vuelta del colegio y mientras esperaba la comida, era salir al terrado de casa en donde tenía su taller. Siempre le encontraba allí, tan entregado a su trabajo que apenas se percataba de mi presencia. En silencio, me quedaba en la puerta, observándole acariciar amorosamente esa madera que, como tocada por la mano de un mago, terminaba convertida en un hermoso mueble.
Martillos, sierras, formones, garlopas, barbiquis…Todo un despliegue de herramientas que, en sus manos, parecían cobrar vida propia y le ayudaban a obrar el milagro de transformar la más humilde de las maderas en una obra de arte.
Y mientras le contemplaba, me iba impregnando de ese olor característico de la madera recién serrada hasta que el fino polvillo suspendido en el aire conseguía, inevitablemente, hacerme estornudar...
Al verme, sus azules ojos se iluminaban y entonces, en total libertad, me lanzaba a jugar con el serrín que, como suave lluvia, caía al suelo y con las serpentinas de madera que, como tirabuzones, se desprendían de la garlopa.

Anarquista hasta la médula, se libró de la guerra por ser hijo de viuda, pero no por eso su lucha fue menos valiosa y, a menudo, recordaba orgulloso su actividad junto a Durruti. Muchas veces, cuando salíamos a la calle, me mostraba un agujero que, todavía hoy, sigue en la pared del edificio y en voz baja me decía: “Esta es la marca que dejó una bala en una manifestación al lado de Durruti. Me pasó a un palmo de la cara”.
Yo, en aquel entonces, no tenía ni idea de qué era una manifestación ni de quien había sido aquel señor y porque le habían disparado, pero asentía solemnemente ante tal confidencia, confiando que el tiempo, como así fue, despejaría esa incógnita.
También solía recordar, pero esta vez con amargura, el horror y la angustia de verse sorprendidos en plena noche por los bombardeos franquistas y como, ante la imposibilidad de acercarse al refugio más cercano, él y mi abuela envolvían a mi padre, entonces un niño de seis años, en un colchón, a fin de paliar las posibles consecuencias del bombardeo. Con el hijo protegido, se escondían los tres bajo la cama a la espera de que la sirena anunciase el final del ataque.

Renegaba constantemente del clero y de la Iglesia y solo en contadísimas ocasiones le vi pisar una iglesia. Por eso no dejaba de sorprenderme que, indefectiblemente, cada vez que salía a la calle y antes de cruzar el umbral, se santiguara. Con el paso de los años comprendí perfectamente su concepto de la religión y de la fe, tan alejado de lo que entonces nos pretendían inculcar y ahora, tan cercano al mío.
Simplemente, no creía en intermediarios ante Dios.
Se había despejado otra incógnita…

También me parecía enigmático que de vez en cuando, y como quien muestra un gran tesoro oculto, desenterrara del fondo de un armario unos libros maravillosamente encuadernados de una revista infantil ilustrada, llamada “Patufet”. Estaba escrita en catalán y los primeros ejemplares eran de principios del siglo XX. Los ojeábamos juntos y yo hubiera querido quedarme con ellos pero siempre, bajo cualquier excusa, volvía a esconderlos y, ante mi insistencia, me decía: “Cuando seas mayor”. Era otro enigma que, de nuevo, el tiempo me ayudó a resolver cuando descubrí que mi idioma no solo estaba prohibido, sino también perseguido.
Poco a poco, el comportamiento algo enigmático de mi abuelo se había ido aclarando.

En las disputas que, debido a mi adolescencia algo alocada, mantenía a menudo con mis padres, él y mi abuela, su gran amor, fueron mis aliados incondicionales y jamás de sus labios salió una palabra de censura ni un reproche sino que, por el contrario, a menudo hicieron de mediadores entre mis padres y yo.
Le recuerdo saboreando con deleite su puro y su copita de coñac después de las comidas, como broche de oro a una de sus pasiones, después de la madera: el comer.
Por eso, cuando por motivos de salud le limitaron el tabaco y el coñac a los días festivos, aceptó muy a regañadientes la restricción del tabaco pero supe, inmediatamente, que haría lo indecible para no renunciar a su licor.
Usó mil artimañas y todo su poder de convicción para que la ley seca a la que le habían sometido fuera menos estricta. Cuando ninguna de las dos cosas funcionaba, a escondidas, echaba rápidamente unas gotas de coñac en su café y, ante las sospechas de mi abuela que controlaba el nivel de la bebida en la botella, respondía tranquilamente: “Tú ves visiones…” Y hacía verdaderos esfuerzos por disimular su sonrisa traviesa.
Aún ahora no sé con certeza si realmente conseguía engañar a mi abuela o si ella, simplemente, se dejaba engañar…

Cuando el paso de los años empezó a hacer mella en él y lo dejó postrado en una silla de ruedas, me convertí en su cómplice, consciente al igual que lo era él de que, ya en la recta final de su vida, no dejaba de ser cruel privarle de ese pequeño y último placer.
Así pues, al terminar la comida, cuando la mesa quedaba vacía y yo era la última en retirarme, me susurraba al oído en voz muy queda: “Ahora que no nos ve nadie, anda…échame unas gotitas de coñac en el café”. Yo, mirándome en sus ojos azules, asentía y, con la mayor rapidez posible, procedía a aquel acto clandestino, sabiendo que era ya de las últimas alegrías que la vida le regalaba a mi abuelo.
Fue, durante bastante tiempo, nuestro secreto.

Sobrevivió a una guerra, sobrevivió a épocas de escasez, soportó cuarenta años de dictadura y opresión… Pero a lo que no pudo sobrevivir fue a la muerte de mi abuela.
Por primera y última vez en mi vida le vi llorar como a un niño, llamándola desconsoladamente cuando, ya muerta, salía por última vez de casa.
Sus manos de ebanista, artífices de tanta belleza, esas manos que me habían enseñado a sujetar una regadera, que me habían llevado de paseo, que me habían construido un patinete, esas manos que habían repartido octavillas por toda la ciudad, que habían hecho la señal de la cruz en su cara al salir de casa y que, pacientemente, habían pasado para mí hoja tras hoja del prohibido “Patufet”, esas manos, ahora, cubrían su rostro en un vano intento por ocultar su llanto.
Se dejó, literalmente, morir. Al cabo de tres meses, moría él también y, de nuevo, volvía a reencontrarse, para siempre, con la que fue el primero de sus dos grandes amores. El segundo, la madera, todavía llora su pérdida.

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13 comentarios:

Mª Rosa dijo...

Ay Nuria, me has emocionado hasta saltárseme las lagrimas, qué bonitos recuerdos tienes de tu abuelo, te envidio, yo no he conocido a ninguno de los míos, tienes que sentirte muy orgullosa de haber tenido un abuelo así.

Me encanta la forma que tienes de relatar tus vivencias, haces que la imaginación trabaje y surjan las figuras como si realmente lo estuviéramos viviendo, al menos es lo que me pasa a mí.

Un abrazo
Mª Rosa

Núria dijo...

Querida Mª Rosa, siento que ye haya hecho llorar..veo que ienes la sensibilidad tan acusada como yo...no sé si es bueno o malo, pero ahí está, no?
Era un gran hombre. Y con la distancia del tiempo, lo valoro ahora todavía más.
Muchas gracias, guapísima, por tu visita y tus comentarios.
Un abrazo enorme!
Nuria

Ana dijo...

Recordando a tu abuelo y familia, recuerdas tiempos muy amargos en nuestra querida España.
Espero que nuestros descendientes no vivan nunca sucesos tan tristes y sí nos recuerden como una generación tolerante con todas las ideas aunque no se compartan. Un abrazo Ana

maluferre dijo...

Yo no conoci a mis abuelos, en Asturias fuimos muchas las niñas de mi generación que no tuvimos abuelos, la guerra y la posguerra fue muy dura para ellos, así que la mayoria no sobrevivieron y se fueron muy jovenes... tu escrito me ha emocionado muchisimo. Tu abuelo estará siempre en tus recuerdos y al recordarlo volvera de alguna manera a vivir contigo
Besos.

Taty Cascada dijo...

Mi querida amiga:
Yo no tuve el placer de conocer a mis abuelos, no viví ese contacto tierno con ellos- es un pequeño dolorcito que se lleva en el alma-....Debo señalarte Núria, que éste ha sido el escrito más bello que he leido de tus manos, precioso, emotivo, dulce.Un abrazo y un beso amiga mía.

Núria dijo...

Ana, también yo deseo que algo así nunca vuelva a repetirse.
Mi abuelo, aún a pesar de sus ideales, hubiera sido incapaz de matar una mosca...
Un abrazo muy fuerte, Ana!
Núria

Núria dijo...

Malu, siento que no llegaras a conocerlos. El cariño de los abuelos es algo especialmente entrañable y que, con el tiempo, se valora aún más.
Siempre está vivo en mi memoria y cuando veo a diario alguno de los objetos que me quedan de él, siento que una parte suya está muy cerca de mí.
Gracias por tu visita y tu comentario.
Un fuerte abrazo,
Núria

Núria dijo...

Amiga Tatiana, cierto es que el no haberlos conocido crea un vacío irrellenable en el corazón...
Mil gracias por tus palabras, amiga. Es un placer que te haya gustado tanto. Me dictó el corazón...
Un beso enorme,
Núria

Mª Pilar dijo...

Yo no conoci a mis abuelos, murieron en la guerra, mi abuelo en Paracuellos, pero bueno, fueron unos tiempos crueles para muchos de diversad tendencias, según en el lado donde estuvieses.
Los recuerdos que tienes son preciosos y contados con una gran sensibilidad, me ha emocionado guapa.

Un beso

Pilar

Núria dijo...

Mª Pilar, triste recuerdo el de esa guerra que se llevo a tantas personas, cada una luchando por su ideal...Como en todas las guerras, los dos bandos perdieron...
Gracias, guapa, por tu visita y tus palabras. ´
Un abrazo,
Núria

lunademaria dijo...

niña, yo no tuve la oportunidad de conocer a ninguno de mis abuelos.
cuanta sensibilidad la tuya me parecia escucharte y de alguna manera me has dado a conocerte un poco más de ti.


un besote grandote

lunademaria

lunademaria dijo...
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Núria dijo...

Lunademaría, siento que no pudieras conocer a ninguno de tus abuelos...El vínculo que se crea entre nietos y abuelos es tan especial que es una pena no haber pidido vivirlo...
Gracias, guapa, por tu visita. Me alegro de que te haya gustado!
Y sí...ya sabes alguna cosilla más de mí...
Un fuerte abrazo!
Núria