sábado, 2 de enero de 2010

Lección de humildad gracias al bacalao

Acababa de estrenar un vestido que me enamoró con solo verlo y que compré sin pensármelo dos veces.
Muy a la moda de hace unos treinta años era de seda, con corte camisero y un largo justo por debajo de la rodilla. La falda, ligeramente acampanada, ondeaba graciosamente al andar y, enfundada en él, me encontraba francamente atractiva y totalmente irresistible.
Estaba convencida, sin lugar a dudas, de que lo habían diseñado especialmente para mí.
Era la segunda vez que me lo ponía y ya no podía esperar más tiempo para lucirlo entre mis compañeras de oficina, segura como estaba que iba a despertar muchos comentarios de admiración y más de una mirada de envidia, cosa que así fue.
Fueron tantos los halagos que recibí al hacer mi entrada triunfal en el despacho que esa mañana mi rendimiento alcanzó mínimos casi vergonzosos, ya que pasé más horas de pie que sentada, buscando cualquier absurdo pretexto para levantarme de la silla y poder lucir mi palmito por todo lo largo y ancho de la oficina.
Montada en el carro de mi vanidad, el día era maravilloso y casi me sentía como una miss recién coronada.
Hasta que llegó la hora de comer.

Siguiendo la rutina de cada día, tres compañeros más y yo nos dirigimos a uno de los restaurantes más cercanos y, no recuerdo por qué motivo, ese día elegimos uno de los más selectos entre los que normalmente frecuentábamos.
Para mis adentros pensé que era el sitio idóneo para seguir luciendo mi fantástico vestido.
El primer plato ni lo recuerdo pero sí, y con toda claridad, el segundo, uno de mis favoritos. Bacalao con samfaina, una deliciosa salsa similar al pisto y que forma parte de nuestra cocina catalana.
El vestido, la comida…el día estaba siendo perfecto y nada hacía prever el desastre que se avecinaba. Ni la experiencia del camarero que nos atendía ni su destreza en el manejo de los platos a la hora de servir.
Pero sucedió.
Se acercaba ya hacia mí, con su impoluta americana blanca. Con un aire totalmente profesional sostenía en su mano derecha un plato y en su izquierda otro, el del tan esperado bacalao. Se me hacía la boca agua con solo ver el humeante plato. Ya a mi lado, se inclinó levemente para depositarlo frente a mí.

Posiblemente tuvo una laguna mental o un fallo de coordinación y olvidó que era solo él quien debía inclinarse al servir, no el plato. El caso es que, con ojos aterrados, vi como la salsa, siguiendo la inclinación que había adquirido el plato y obedeciendo a la ley de la gravedad, se lanzaba al vacío y empezaba a caer, lenta pero inexorablemente, hasta estamparse sobre mi falda y sin poder hacer yo nada por evitarlo.
Por suerte, el bacalao, que oscilaba peligrosamente en el borde del plato, no siguió la trayectoria de la salsa, en parte gracias a que la Diosa Fortuna tuvo cierta compasión de mí, y en parte gracias a un malabárico movimiento de muñeca del camarero, lo cual evitó lo que ya hubiera sido el broche de oro a tan accidentada forma de servir.
La alta temperatura de la salsa sobre mis piernas me levantó de la silla a la velocidad de un rayo y sin poder contener un grito me convertí, y esta vez muy a mi pesar, en el centro de todas las miradas de los demás comensales.

Y como lava, la enorme mancha rojiza se iba extendiendo por mi vestido.
El día, evidentemente, había ya dejado de ser perfecto.

De nada sirvió el sifón que casi a chorros el atribulado camarero, deshaciéndose en excusas, me echó sobre la mancha, a no ser el conseguir dejarme las piernas, segundos antes casi abrasadas, en algo parecido a dos barras de hielo. De nada sirvieron sus mil disculpas y perdones…mis efímeras horas de gloria habían finalizado.
Mi regreso a la oficina, por supuesto, fue bastante menos triunfal que mi llegada.
El color de mi cara se confundía con el escandaloso rojo tomate de la mancha, la cual se iba haciendo más ostensible a medida que mis compañeras, las envidiosas no, las otras, se esforzaban en aplicarle mil remedios de emergencia.
El resto de la jornada no me moví de la silla.
Igual de vergonzoso fue el regreso a casa, en un metro repleto de cientos de pares de ojos posados en mi vestido, y no precisamente admirando lo bien que me quedaba.
Tras un trayecto que se me antojó interminable, llegué a casa y el vestido fue derecho a la lavadora mientras yo invocaba a todos los dioses para que la mancha desapareciera.
Imaginé que sus sonoras carcajadas a mi costa no les permitió escuchar mis súplicas, porque la mancha resistió un lavado, y otro, y otro más…a todas las temperaturas y con todos los programas posibles y detergentes milagrosos que había en el mercado.
Era evidente que estaba pagando mi exceso de vanidad

Creo que por puro agotamiento tras tantos lavados, la mancha se difuminó pero no conseguí, de ninguna manera, eliminarla completamente y, muy a mi pesar, el vestido pasó al más absoluto de los olvidos en el fondo de mi armario. Y quizás en la confianza de que el tiempo obrara un milagro, no lo tiré.
Y el milagro ocurrió en la siguiente temporada.
Como dijo Santa Teresa, los caminos del Señor son inescrutables. Y los de la moda, añado yo, también.
Al año siguiente, el largo de los vestidos había cambiado radicalmente y pasaba a ser corto lo que antes había sido largo. Mi mancillado vestido estaba ya totalmente pasado de moda y ahora se trataba de lucir piernas, cuanta más mejor.
No lo dudé ni un momento. Como quien resucita a un muerto, lo desenterré de su forzoso olvido y, a golpe de tijera, conseguí dos objetivos: eliminar definitivamente la mancha y, con ella, más de dos palmos de tela que, en cuestión de minutos, lo convirtieron en un modelo de lo más moderno y actual.
Un año después, de nuevo ufana y radiante, entraba en la oficina luciendo la nueva versión de mi vestido y, además, un buen trozo de piernas lo cual, esta vez, no solo provocó la admiración de mis compañeras sino también la de más de un compañero.
Y con todo esto aprendí dos cosas: Que del pedestal de la vanidad te puede hacer caer un simple bacalao con samfaina y que, como en muchas otras circunstancias de la vida, casi siempre hay una segunda oportunidad.

Safe Creative #1005116265588

11 comentarios:

Mª Pilar dijo...

jaja me ha hecho mucha gracia el relato, te imagino pavoneándote delante de todos y el regreso del Restaurante jaja.
Muy gracioso

IUn abrazo

Pilar

Taty Cascada dijo...

Amiga mía, sigue sacando del baul de los recuerdos, todos éstos apetitosos recuerdos...jaja...
Un beso para ti.

Núria dijo...

Mª Pilar, cada vez que como bacalao me acuerdo de ese día!
Aún así, sigue siendo uno de mis platos favoritos, aunque creo que cada vez que me lo sirven, procuro alejarme unos centímetros del camarero...jajajaj...
Gracias, guapa, por tu visita!
Un fuerte abrazo!
Núria

Núria dijo...

Querida Tatiana, ya tengo el baul abierto...tengo unos cuantos más igual, o más, de suculentos...jajaja...
Un beso, amiga!
Núria

Mª Rosa dijo...

Ahora, al cabo de los años, es una anécdota que hace gracia, pero te imagino en esa situación y las pasarías de, tierra trágame, tuviste un buen estreno de vestido, cuando eres joven te encanta ser admirada, es natural y cualquier cosita te ilusiona, una vivencia muy bonita aunque tuviese un final un poco desastroso. Yo creo que al camarero lo que le pasó fue que le dejaste embobado jajaja.

Me ha gustado mucho, has hecho que me meta en la historia como si yo también lo hubiese vivido, que sí, que tienes madera de escritora.

Un besazo guapa
Mª Rosa

Núria dijo...

Querida Mª Rosa...jajajaja...pues no había pensado yo en esa posibilidad, la de dejarlo embobado...jajaja...
Gracias, guapa, por tu visita y tu comentario. Un abrazo muy fuerte!
Núria

karla dijo...

Querida Nuria me ha hecho muchísimas gracia tu escrito, es muy real y refleja momentos que alguna vez hemos podido vivir de forma más o menos parecida. Un abrazo guapa. karla

Núria dijo...

Querida Karla, estas son de esas cosas que, cuando te suceden, quisieras que te tragara la tierra pero que luego, con los años, piensas que, en el fondo, son la sal y pimienta de la vida...no?
Me alegro de que te haya gustado. Gracias por tu visita y feliz año, guapísima!
Núria

Alicia dijo...

Hola Nuria, soy Ana (tu amiga) y como ves he entrado en este blog con el nombre de, blogdealicia-alicia.blogspot.com
Acabo de entrar en el tuyo y leer tu entrada, "Lección de humildad...
Me parece un relato muy bueno y con una buena moraleja al final, ya que al final nos hace sentir que la vanidad no nos lleva lejos.

Ana dijo...

Hola Nuria; ya ves estoy un poco pez en este blog. He cambiado por, http://blogdeana-2010.blogspot.com/
y con mi nombre.

Núria dijo...

Hola Ana! Que alegría verte por aqui! Gracias por tu visita y tu comentario. Voy a darme una vuelta por tu blog y ya te diré.
Un fuerte abrazo!
Núria